De los valores declarados a las acciones. Gestión humana y desempeño organizacional

De los valores declarados a las acciones. Gestión humana y desempeño organizacional

Un sistema de gestión humana debe ser capaz de traducir la cultura organizacional expresada mediante valores declarados en expectativas claras de desempeño porque los valores, por sí mismos, pertenecen al plano de las formulaciones normativas y simbólicas, mientras que el desempeño pertenece al plano de las conductas observables y de los resultados verificables. Una organización puede declarar que valora la integridad, la colaboración, la orientación al cliente, la innovación, la responsabilidad o el respeto, pero ninguna de estas formulaciones garantiza que las personas sepan exactamente qué deben hacer para encarnarlas en su trabajo cotidiano. Entre afirmar que un valor es importante y conseguir que ese valor se manifieste sistemáticamente en las decisiones, interacciones y resultados existe una cadena de traducción que debe ser gestionada de manera deliberada. Si dicha traducción no ocurre, la cultura permanece como un conjunto de aspiraciones generales cuya influencia sobre la conducta depende de interpretaciones individuales, experiencias informales, incentivos circunstanciales y señales provenientes de los líderes. Por ello, la gestión humana cumple una función fundamental al convertir los principios culturales en criterios operativos que permitan a las personas comprender qué comportamientos se esperan de ellas, en qué situaciones deben manifestarlos y con qué nivel de consistencia deben hacerlo.

Esta traducción es necesaria porque las conductas humanas no se modifican de manera confiable mediante declaraciones abstractas. Para que una expectativa normativa influya en la acción debe existir una relación suficientemente clara entre el principio que la organización considera deseable, la conducta que representa ese principio y las consecuencias asociadas con su cumplimiento o incumplimiento. Decir que una organización valora la colaboración, por ejemplo, no permite determinar por sí solo si una persona debe compartir información antes de que se le solicite, involucrar tempranamente a otras áreas en una decisión, solicitar retroalimentación, resolver desacuerdos mediante argumentos verificables o contribuir activamente a los objetivos colectivos aunque ello no produzca un beneficio individual inmediato. El valor necesita, por tanto, ser operacionalizado. Operacionalizar significa transformar una construcción abstracta en manifestaciones observables que puedan ser comprendidas, desarrolladas y evaluadas. Esta operación reduce la ambigüedad y permite que la cultura deje de depender exclusivamente de discursos para convertirse en una pauta concreta de actuación.

La necesidad de esta traducción también se explica por la naturaleza multidimensional de los valores organizacionales. Un mismo valor puede adquirir significados diferentes para distintas personas, funciones, niveles jerárquicos o contextos profesionales. La innovación puede significar experimentación para un equipo de investigación, simplificación de procesos para un equipo administrativo y desarrollo de nuevas soluciones para un equipo comercial. La responsabilidad puede expresarse mediante cumplimiento de compromisos, anticipación de riesgos, transparencia en la comunicación o apropiación de errores. Sin una definición conductual, cada individuo puede interpretar el valor desde sus propios esquemas cognitivos y experiencias previas. Esto genera una cultura formalmente compartida, pero conductualmente fragmentada. La función del sistema de gestión humana consiste precisamente en disminuir esa distancia interpretativa mediante expectativas que conserven el significado estratégico del valor, pero que al mismo tiempo indiquen cómo debe manifestarse en el trabajo.

Una expectativa clara de desempeño no debe confundirse con una lista mecánica de comportamientos. Su finalidad es establecer una relación inteligible entre la cultura y la contribución que se espera de cada persona. Para ello, debe considerar el contexto en el que se ejecuta el trabajo, el nivel de responsabilidad de quien lo realiza, las competencias requeridas y los resultados que la organización necesita producir. La misma conducta no necesariamente tiene el mismo significado en todos los puestos. Escuchar activamente a un colaborador, por ejemplo, puede ser una expectativa esencial para quien dirige un equipo, mientras que para una persona que ocupa una función técnica puede expresarse como disposición sistemática a incorporar información de usuarios, colegas y especialistas antes de adoptar una decisión. El sistema debe ser suficientemente específico para orientar la conducta y suficientemente contextualizado para evitar interpretaciones rígidas que terminen convirtiendo la cultura en un conjunto de reglas artificiales.

La traducción de los valores en expectativas de desempeño cumple además una función de alineación. Una organización opera mediante múltiples decisiones distribuidas entre personas que poseen diferentes responsabilidades, conocimientos y grados de autonomía. La dirección puede establecer una determinada aspiración cultural, pero no participa directamente en la mayoría de las decisiones cotidianas mediante las cuales esa aspiración adquiere realidad. Por esta razón, la cultura debe llegar hasta los puntos donde las personas asignan recursos, atienden clientes, diseñan procesos, resuelven problemas, seleccionan prioridades, gestionan conflictos y deciden qué comportamientos consideran aceptables. Las expectativas de desempeño constituyen uno de los mecanismos mediante los cuales la intención estratégica puede desplazarse desde el nivel institucional hasta el comportamiento individual. Cuando existe coherencia entre los valores declarados, las expectativas de desempeño y los sistemas de evaluación, las personas reciben señales convergentes acerca de aquello que la organización considera importante.

Esta coherencia resulta particularmente relevante porque las personas no aprenden la cultura únicamente mediante comunicación formal. La aprenden observando qué comportamientos reciben reconocimiento, cuáles son tolerados, cuáles producen oportunidades y cuáles generan consecuencias. En términos organizacionales, existe una diferencia sustancial entre lo que la institución dice valorar y aquello que efectivamente refuerza mediante sus sistemas de gestión. Si una empresa declara valorar la colaboración, pero premia exclusivamente los resultados individuales; si declara valorar la integridad, pero tolera conductas poco transparentes cuando producen resultados económicos; o si declara valorar el aprendizaje, pero penaliza sistemáticamente los errores derivados de experimentaciones razonables, las señales conductuales contradicen el discurso institucional. En esas condiciones, las personas aprenden que los valores son retóricos y que las verdaderas reglas del sistema son otras. Por ello, la traducción cultural debe estar acompañada de mecanismos de evaluación capaces de comprobar si las expectativas están realmente presentes en la conducta.

Evaluar las expectativas es indispensable porque una expectativa que nunca se observa ni se contrasta corre el riesgo de convertirse nuevamente en una declaración aspiracional. La evaluación introduce un mecanismo de retroalimentación que permite determinar hasta qué punto la conducta real se aproxima a la conducta esperada. Desde una perspectiva de gestión basada en evidencia, esto permite pasar de una cultura presumida a una cultura observada. No basta con preguntar si las personas conocen los valores o si manifiestan estar de acuerdo con ellos. El acuerdo cognitivo con un valor no demuestra necesariamente su incorporación conductual. Una persona puede considerar deseable la transparencia y, sin embargo, omitir información relevante cuando percibe que comunicarla perjudicará su posición. Del mismo modo, un equipo puede declarar que la colaboración es importante y continuar funcionando mediante intercambio limitado de información. La evaluación debe buscar evidencia sobre lo que las personas hacen, no solamente sobre lo que dicen pensar.

Esta distinción entre declaración, comprensión y conducta es fundamental. El primer nivel corresponde a aquello que la organización afirma valorar. El segundo se refiere a la capacidad de las personas para comprender qué significa ese valor en su función. El tercero corresponde a la manifestación efectiva de dicho valor mediante acciones concretas. Un sistema maduro de gestión humana debe conectar los tres niveles. Si existe únicamente el primero, la cultura permanece simbólica. Si existe el primero y el segundo, existe conocimiento, pero no necesariamente comportamiento. Cuando se incorpora el tercero, la organización puede comenzar a determinar si sus principios están siendo realmente incorporados en las prácticas laborales. La evaluación del desempeño cumple precisamente la función de verificar ese tercer nivel y de generar información que permita intervenir cuando existe una brecha entre lo esperado y lo observado.

La evaluación, además, no debería concebirse exclusivamente como un mecanismo de calificación o de control. Su función más importante es producir información para el aprendizaje y el desarrollo. Cuando una expectativa cultural no se manifiesta en la conducta, existen múltiples explicaciones posibles. La persona puede no conocer la expectativa, no comprender cómo aplicarla, carecer de una competencia necesaria, encontrarse sometida a incentivos contradictorios, trabajar dentro de un proceso que dificulta el comportamiento esperado, no recibir suficiente apoyo de su liderazgo o percibir que el comportamiento culturalmente deseable tiene costos que el sistema no compensa. Por ello, identificar una brecha de desempeño no equivale automáticamente a atribuirla a una deficiencia individual. El valor de la evaluación reside precisamente en permitir investigar la causa de la brecha y determinar qué intervención es necesaria.

Este punto convierte al sistema de gestión humana en un mecanismo de aprendizaje organizacional. La información obtenida mediante la evaluación puede revelar que determinadas expectativas son ambiguas, que ciertos valores se están interpretando de maneras divergentes, que existen competencias insuficientemente desarrolladas o que los sistemas de reconocimiento y recompensa están produciendo comportamientos incompatibles con la cultura deseada. La organización puede entonces ajustar sus procesos, capacitar a las personas, modificar criterios de liderazgo, rediseñar incentivos o clarificar las expectativas. De esta manera se establece un ciclo continuo: los valores orientan las expectativas, las expectativas orientan la conducta, la conducta se observa, la evidencia permite identificar brechas y los resultados de esa observación retroalimentan el sistema. La cultura deja así de ser un atributo estático y se convierte en un proceso dinámico de regulación y aprendizaje.

La evaluación también es necesaria para preservar la credibilidad del sistema. Una organización pierde legitimidad cuando establece expectativas que posteriormente no considera en sus decisiones sobre desempeño, promoción, reconocimiento o desarrollo. Si dos personas producen resultados similares, pero una demuestra consistentemente comportamientos compatibles con los valores organizacionales y la otra obtiene las mismas consecuencias sin demostrarlo, el sistema comunica implícitamente que los valores no son realmente relevantes. Esto afecta la confianza en los mecanismos de gestión y puede generar cinismo organizacional. En cambio, cuando existe congruencia entre lo que se declara, lo que se espera, lo que se observa y lo que finalmente se reconoce o corrige, las personas pueden anticipar con mayor claridad qué significa desempeñarse bien dentro de la organización.

La claridad de las expectativas también favorece la justicia organizacional. Evaluar a las personas sobre criterios vagos o implícitos abre un espacio considerable para la subjetividad, el favoritismo y los sesgos perceptivos. Expresiones como “tener buena actitud”, “ser comprometido” o “vivir los valores” pueden parecer intuitivas, pero son insuficientes como criterios rigurosos de evaluación porque no especifican qué evidencia permite afirmar que una persona los cumple. Al convertir los valores en comportamientos observables, el sistema puede construir criterios más consistentes y comparables. Esto no elimina por completo el juicio humano, porque muchas conductas laborales requieren interpretación contextual, pero permite fundamentarlo en evidencia más explícita. La calidad de la evaluación mejora cuando las personas saben de antemano qué se espera de ellas y cuando quienes evalúan disponen de criterios comunes para interpretar el desempeño.

La relación entre cultura y desempeño adquiere todavía mayor importancia en organizaciones complejas, donde los resultados pueden ser producidos mediante múltiples mecanismos y donde las consecuencias de una decisión no siempre son inmediatas. Una persona puede alcanzar un resultado cuantitativamente satisfactorio utilizando prácticas que deterioran la cooperación, aumentan el riesgo, erosionan la confianza o comprometen la sostenibilidad futura. Si el sistema evalúa únicamente el resultado final, puede terminar reforzando conductas incompatibles con los valores declarados. Por ello, un modelo de desempeño culturalmente coherente debe considerar tanto qué resultados se obtienen como cómo se obtienen. La cultura actúa, en este sentido, como una dimensión cualitativa del desempeño: define las condiciones conductuales bajo las cuales los resultados son considerados legítimos, sostenibles y consistentes con la identidad institucional.

Esto permite comprender por qué los valores deben incorporarse a los procesos ordinarios de gestión y no permanecer confinados a campañas de comunicación interna. Si los valores aparecen solamente en carteles, presentaciones de inducción o discursos de liderazgo, pero desaparecen cuando se establecen objetivos, se realizan evaluaciones, se asignan responsabilidades o se toman decisiones de promoción, su capacidad reguladora será limitada. La cultura se vuelve operativa cuando aparece integrada en los mecanismos mediante los cuales la organización administra el desempeño real. Esto supone que las descripciones de puestos, los objetivos, los procesos de selección, la incorporación de nuevas personas, la formación, la evaluación, la retroalimentación, el reconocimiento, la movilidad interna y el liderazgo transmitan señales compatibles entre sí.

El liderazgo tiene aquí una función particularmente relevante. Las personas suelen interpretar los valores organizacionales a través de la conducta de quienes poseen autoridad y capacidad de decisión. Por ello, no sería suficiente exigir comportamientos culturales a los colaboradores si quienes dirigen equipos están sujetos a criterios diferentes. Cuando los líderes modelan los comportamientos esperados, proporcionan evidencia social acerca de la manera en que los valores deben materializarse. Cuando, por el contrario, los líderes contradicen sistemáticamente los valores declarados, la organización genera una disonancia que ninguna campaña de comunicación puede corregir de manera sostenible. El sistema de gestión humana debe, por tanto, incluir expectativas culturales también para los niveles de liderazgo y evaluar su cumplimiento con un rigor proporcional a la influencia que esas posiciones ejercen sobre el comportamiento colectivo.

La traducción de valores a expectativas de desempeño también permite distinguir entre cultura deseada y cultura realmente existente. Toda organización posee prácticas que pueden haberse desarrollado históricamente sin haber sido formalmente diseñadas. Algunas pueden coincidir con los valores declarados y otras pueden contradecirlos. La evaluación sistemática proporciona una oportunidad para detectar esa diferencia. Si una organización declara valorar el respeto, pero las evaluaciones, encuestas, observaciones o mecanismos de retroalimentación muestran patrones persistentes de interrupciones, descalificaciones o exclusión de determinadas voces, existe una brecha cultural verificable. Esa brecha no debe resolverse simplemente repitiendo el valor con mayor intensidad, sino examinando las condiciones que producen las conductas observadas y modificándolas de manera deliberada.

El sistema de gestión humana funciona como una infraestructura de traducción entre distintos niveles de la organización. En el nivel superior se encuentran la identidad, los valores y las aspiraciones estratégicas. En el nivel intermedio se encuentran las capacidades, competencias y expectativas de desempeño. En el nivel observable se encuentran las decisiones, comportamientos, interacciones y resultados. La función del sistema consiste en mantener la coherencia entre esos niveles. Cuando esa coherencia existe, una persona puede comprender no solamente qué quiere ser la organización, sino qué significa esa identidad para su propio trabajo. Puede reconocer qué conductas se esperan, recibir oportunidades para desarrollarlas, obtener retroalimentación sobre su manifestación y comprender las consecuencias asociadas con su desempeño.

La evaluación final de las acciones concretas es, por tanto, el elemento que cierra el circuito. Sin evaluación, la organización puede formular valores y traducirlos en expectativas, pero no puede determinar con suficiente rigor si esa traducción produjo cambios efectivos en la conducta. Con evaluación, puede comparar la expectativa con la evidencia, identificar desviaciones, reconocer avances y decidir intervenciones. La evaluación convierte una hipótesis cultural en una afirmación susceptible de contrastación. La organización deja de asumir que sus valores están siendo vividos simplemente porque fueron comunicados y comienza a preguntarse qué evidencia demuestra que están influyendo en la conducta.

La razón profunda por la cual el sistema de gestión humana debe realizar esta traducción es que la cultura organizacional solo adquiere capacidad reguladora cuando puede influir de manera consistente sobre las decisiones y comportamientos cotidianos. Los valores proporcionan orientación normativa; las expectativas de desempeño convierten esa orientación en criterios de acción; la evaluación proporciona evidencia sobre la incorporación efectiva de esos criterios; y la retroalimentación permite corregir, desarrollar y reforzar las conductas necesarias. El proceso completo transforma la cultura desde un discurso institucional en un sistema observable de expectativas y comportamientos. La verdadera solidez cultural no se demuestra por la cantidad de valores que una organización puede declarar, sino por el grado en que esos valores permiten anticipar cómo se espera que las personas actúen, cómo se juzgará su actuación y qué mecanismos existen para cerrar la distancia entre el comportamiento actual y el comportamiento deseado. Solo cuando esa cadena funciona de manera coherente puede afirmarse que la cultura ha dejado de ser únicamente una declaración de principios y se ha convertido en una propiedad efectiva del sistema organizacional.

 

 

 


M.R.E.A.

Administración desde Cero

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