Cultura y programación mental colectiva según Geert Hofstede

Cultura y programación mental colectiva según Geert Hofstede

La definición de cultura propuesta por Geert Hofstede puede comprenderse como una explicación de cómo las personas pertenecientes a una comunidad desarrollan formas relativamente compartidas de percibir, interpretar, valorar y responder ante la realidad. Cuando Hofstede utiliza la expresión programación mental colectiva”, no pretende afirmar que todas las personas de una sociedad piensen exactamente igual ni que la cultura determine de manera absoluta la conducta individual. La idea central es que los seres humanos nacen dentro de contextos sociales previamente estructurados y, mediante la convivencia, la educación, el lenguaje, las relaciones familiares, las instituciones y las experiencias cotidianas, incorporan determinados esquemas de interpretación que les permiten desenvolverse dentro de ese ambiente. Por esta razón, una persona no construye desde cero su manera de comprender el mundo, sino que recibe un conjunto de significados, normas, valores y expectativas que posteriormente puede aceptar, modificar, cuestionar o rechazar.

La utilización del concepto de programación constituye una metáfora particularmente útil. Una programación informática establece determinadas reglas que orientan el funcionamiento de un sistema cuando este recibe determinados estímulos. De manera semejante, la cultura proporciona patrones aprendidos que predisponen a las personas a interpretar determinadas situaciones de ciertas maneras y a responder mediante comportamientos que dentro de su comunidad son considerados normales, apropiados, deseables o incluso moralmente obligatorios. Sin embargo, la comparación no debe interpretarse de forma rígida. La cultura no funciona como un programa inmodificable que obligue mecánicamente a una persona a comportarse de una determinada manera. Más bien establece un repertorio de posibilidades y genera tendencias compartidas. Por ello, dos individuos pertenecientes a una misma sociedad pueden responder de manera diferente ante una misma circunstancia, aunque ambos hayan adquirido referencias culturales semejantes.

Esta distinción permite comprender por qué Hofstede señala que la cultura no constituye una característica exclusivamente individual. Una conducta aislada no puede considerarse automáticamente una manifestación cultural. Para que pueda hablarse de cultura es necesario identificar patrones que son compartidos por un grupo humano y que han sido adquiridos mediante procesos colectivos de aprendizaje. Una persona puede tener una opinión, una preferencia o una reacción completamente particular sin que ello represente necesariamente la cultura de su comunidad. La cultura aparece cuando determinadas formas de pensar, sentir, valorar o actuar se encuentran suficientemente extendidas dentro de un grupo y son transmitidas mediante procesos sociales.

El componente colectivo resulta fundamental debido a que las personas están expuestas a experiencias comunes. Quienes crecen dentro de una misma comunidad suelen compartir instituciones educativas, normas sociales, estructuras familiares, acontecimientos históricos, sistemas económicos, formas de comunicación y códigos lingüísticos. Estas experiencias repetidas generan marcos de referencia semejantes. Por ejemplo, una sociedad puede desarrollar una determinada concepción acerca de la autoridad, la autonomía personal, la familia, el trabajo, el éxito, el fracaso, la cooperación, la competencia o la expresión emocional. Los individuos pueden diferir considerablemente entre sí, pero aun esas diferencias suelen manifestarse dentro de un campo de posibilidades construido culturalmente.

La educación constituye uno de los principales mecanismos mediante los cuales ocurre esta adquisición cultural. Desde los primeros años de vida, el individuo aprende qué comportamientos reciben aprobación y cuáles provocan desaprobación. Aprende cómo dirigirse a las personas mayores, cómo relacionarse con sus compañeros, qué responsabilidades corresponden a cada miembro de la familia, cómo expresar desacuerdo, cuándo resulta apropiado mostrar determinadas emociones y cuáles son las expectativas asociadas con el desempeño académico o laboral. Gran parte de este aprendizaje no ocurre mediante instrucciones explícitas. Se produce mediante observación, imitación, repetición, corrección y participación cotidiana. En consecuencia, numerosos elementos culturales terminan funcionando de manera automática, sin que la persona tenga que reflexionar conscientemente sobre ellos.

Esto explica también por qué la cultura puede influir profundamente en la percepción de lo que una persona considera normal. La normalidad no es exclusivamente una propiedad objetiva de una conducta; también depende del marco cultural desde el cual esa conducta es evaluada. Una determinada manera de establecer contacto visual, expresar desacuerdo, utilizar el espacio interpersonal, mostrar respeto, organizar una comida familiar o relacionarse con una figura de autoridad puede ser considerada completamente natural en una sociedad y extraña en otra. La persona que ha interiorizado una determinada norma cultural suele experimentar su propio comportamiento como espontáneo, precisamente porque ha dejado de percibirlo como una regla que debe seguir conscientemente.

Los valores constituyen otro componente esencial. Un valor representa una concepción acerca de aquello que una comunidad considera deseable, importante o preferible. Las sociedades pueden otorgar diferente importancia relativa a la autonomía, la seguridad, la solidaridad, la jerarquía, la igualdad, la tradición, la innovación, la competencia o la cooperación. Estos valores influyen en la manera en que se evalúan las decisiones y las conductas. Una determinada acción puede interpretarse como expresión de independencia en un contexto cultural y como falta de consideración hacia el grupo en otro. La acción observable puede ser idéntica, mientras que su significado social cambia debido al sistema de valores desde el cual es interpretada.

Las creencias también participan en esta programación colectiva porque proporcionan explicaciones acerca de cómo funciona el mundo. Las personas no solamente aprenden qué hacer, sino también qué significado atribuir a aquello que ocurre. Las creencias pueden estar relacionadas con la familia, la sociedad, la naturaleza, el trabajo, la autoridad, la enfermedad, la educación, el éxito, el fracaso o las relaciones interpersonales. Algunas poseen un carácter religioso, mientras que otras son convenciones sociales profundamente arraigadas que no necesariamente se identifican como creencias. Lo importante es que proporcionan marcos interpretativos que permiten organizar la experiencia.

Las convicciones representan una dimensión todavía más profunda, debido a que determinadas ideas pueden adquirir una elevada carga emocional y convertirse en principios que orientan la conducta. Cuando una persona considera que determinada forma de actuar es correcta no solamente desde el punto de vista práctico, sino también desde una perspectiva moral o social, esa convicción puede influir en decisiones importantes. La cultura proporciona parte del contexto dentro del cual se construyen esas convicciones, aunque posteriormente cada individuo las reorganice a través de su experiencia personal.

La referencia de Hofstede a ideas, respuestas, reacciones, expresiones, sentimientos y competencias permite ampliar todavía más el concepto. La cultura no se limita a las ideas conscientes. También influye sobre la manera en que las personas reaccionan ante acontecimientos inesperados, expresan emociones, resuelven conflictos y desarrollan determinadas habilidades sociales. Incluso aquello que una persona considera una reacción emocional espontánea puede estar parcialmente condicionado por normas aprendidas. Las sociedades establecen diferentes grados de aceptación para la manifestación pública de la tristeza, la ira, el entusiasmo, el afecto, el miedo o la vergüenza. Por consiguiente, la cultura interviene no solamente en lo que las personas piensan, sino también en la forma en que aprenden a expresar lo que sienten.

Las competencias adquieren particular importancia porque cada sociedad desarrolla habilidades que resultan funcionales dentro de su propio contexto. Una persona aprende a comunicarse eficazmente utilizando los códigos lingüísticos y sociales de su comunidad. Aprende cómo iniciar una conversación, cómo negociar, cómo solicitar ayuda, cómo expresar desacuerdo y cómo interpretar determinadas señales sociales. Estas habilidades pueden parecer naturales una vez adquiridas, pero constituyen productos de aprendizaje. Al entrar en contacto con otra cultura, una persona puede descubrir que competencias que consideraba universales en realidad dependían de reglas sociales específicas.

La afirmación de que la cultura se encuentra vinculada a experiencias educativas y condiciones de vida compartidas también es fundamental. La cultura no aparece de manera aislada dentro de la mente de las personas; se desarrolla mediante la interacción entre los individuos y su ambiente social. Las condiciones económicas, geográficas, históricas y políticas pueden influir en las formas culturales que adquiere una comunidad. Una sociedad que ha experimentado durante generaciones determinadas condiciones de escasez, inestabilidad, abundancia, migración, conflicto, cooperación o transformación tecnológica puede desarrollar respuestas colectivas particulares. Esto no significa que exista una relación mecánica entre ambiente y cultura, pero sí que las condiciones históricas proporcionan el escenario en el cual los patrones culturales se forman y se reproducen.

Por esta razón, cuando se habla de la cultura de una región, nación, empresa o grupo, se está haciendo referencia a un sistema de significados compartidos que orienta la interacción de sus integrantes. En una empresa, por ejemplo, la cultura puede manifestarse en la manera en que se entiende la autoridad, se toman decisiones, se gestionan los errores, se recompensa el desempeño, se comunica la información o se resuelven los conflictos. Dos organizaciones que realizan actividades económicas semejantes pueden funcionar de manera muy diferente si sus miembros han desarrollado normas y valores organizacionales distintos. Una puede favorecer la experimentación y tolerar el error como parte del aprendizaje, mientras que otra puede privilegiar el cumplimiento estricto de procedimientos y la reducción del riesgo.

La cultura nacional o regional presenta una complejidad todavía mayor. Una nación no constituye un grupo absolutamente homogéneo. Dentro de ella pueden existir diferencias importantes relacionadas con edad, generación, región, nivel socioeconómico, profesión, educación, experiencias familiares y trayectorias individuales. Por ello, hablar de cultura nacional no significa afirmar que todos los habitantes comparten idénticas características. Significa identificar determinados patrones predominantes que han adquirido una presencia suficiente para influir sobre la organización de la vida social.

El aspecto más profundo de la definición de Hofstede aparece cuando afirma que la cultura cambia muy lentamente. Esta característica puede explicarse mediante dos mecanismos principales. El primero es la transmisión intergeneracional. Las personas aprenden patrones culturales durante etapas tempranas de su desarrollo, precisamente cuando están construyendo sus estructuras cognitivas, emocionales y sociales fundamentales. Posteriormente, esos patrones se refuerzan mediante la repetición y la interacción cotidiana. Modificarlos requiere nuevas experiencias suficientemente intensas, prolongadas y extendidas dentro del grupo.

El segundo mecanismo es todavía más importante: la cultura no permanece únicamente dentro de las mentes de las personas, sino que se materializa en instituciones. Una comunidad construye estructuras que incorporan y reproducen sus valores y normas. La familia constituye una de estas estructuras, ya que organiza relaciones de parentesco, responsabilidades, autoridad, cuidado y transmisión de conocimientos. Las instituciones educativas también reproducen determinados conceptos acerca de la disciplina, el conocimiento, la autoridad, la competencia y la cooperación. Las instituciones religiosas, asociativas, económicas y políticas cumplen funciones semejantes.

Esta institucionalización genera un proceso de retroalimentación. Las personas crean instituciones basándose parcialmente en sus valores y experiencias, pero una vez establecidas, esas instituciones influyen sobre las nuevas generaciones. De esta manera, la cultura no solamente es transmitida por personas a personas; también es transmitida por estructuras sociales. Una generación construye determinadas instituciones, las instituciones educan y condicionan a la siguiente generación, y esta nueva generación puede conservar, modificar o sustituir parcialmente esas estructuras. La persistencia cultural surge precisamente de este circuito.

La familia constituye un ejemplo particularmente evidente. Los padres y otros miembros de la familia transmiten formas de comunicación, normas de comportamiento, expectativas, tradiciones y criterios de valoración. Los niños observan cómo se distribuyen las responsabilidades, cómo se resuelven los conflictos, cómo se expresa el afecto y cómo se relacionan los adultos. Posteriormente, muchas de estas pautas pueden reproducirse en las siguientes generaciones. Incluso cuando una persona decide deliberadamente apartarse de determinados patrones familiares, su decisión suele producirse en relación con aquello que aprendió previamente.

La educación también contribuye a la estabilidad cultural porque no transmite únicamente información académica. Las instituciones educativas enseñan formas de organización temporal, disciplina, cooperación, competencia, evaluación, cumplimiento de normas y relación con figuras de autoridad. Además, seleccionan determinados conocimientos como socialmente importantes. De esta manera, la educación participa en la reproducción de una visión particular acerca de qué significa conocer, aprender y desarrollarse como miembro de una sociedad.

Las instituciones políticas y gubernamentales representan otra forma de cristalización cultural. Los sistemas de gobierno reflejan determinadas concepciones acerca de la autoridad, la participación, la responsabilidad colectiva y la organización social. Una vez establecidos, estos sistemas también condicionan las experiencias de las generaciones posteriores. Las personas aprenden a relacionarse con las instituciones públicas de acuerdo con las estructuras existentes, y esas experiencias contribuyen posteriormente a reproducir determinadas expectativas acerca del Estado y de la autoridad.

El trabajo y la organización económica constituyen igualmente expresiones culturales. Las sociedades desarrollan distintas concepciones acerca del esfuerzo, la productividad, el liderazgo, la cooperación, la competencia y la distribución de responsabilidades. Las organizaciones económicas convierten esas concepciones en prácticas concretas: horarios, jerarquías, procedimientos, sistemas de recompensa, criterios de promoción y mecanismos de toma de decisiones. Por ello, la cultura económica no permanece como una idea abstracta, sino que adquiere una existencia observable mediante instituciones y prácticas cotidianas.

Las producciones artísticas, científicas y técnicas representan otra manifestación de la cultura. Una sociedad no solamente produce objetos materiales; también produce sistemas simbólicos que expresan cómo interpreta la realidad. La arquitectura, la literatura, la música, las artes visuales y las formas de producción científica pueden revelar las preocupaciones, valores, conocimientos y aspiraciones de una época. Incluso la tecnología puede entenderse parcialmente como una expresión de las necesidades y prioridades de una sociedad. Al mismo tiempo, estas producciones vuelven a influir sobre la cultura, creando nuevas posibilidades y transformando las formas de vida.

El concepto de cristalización institucional explica, por tanto, por qué la cultura posee una notable resistencia al cambio. Cambiar una idea individual puede ser relativamente sencillo. Cambiar una práctica compartida por millones de personas resulta considerablemente más complejo. Pero modificar además las instituciones que sostienen esa práctica requiere transformaciones mucho más profundas. Una norma cultural puede estar respaldada simultáneamente por la familia, la educación, el trabajo, las leyes, las organizaciones y las expectativas sociales. Por ello, aunque determinados individuos comiencen a cuestionarla, la estructura colectiva puede continuar reproduciéndola.

Esto permite comprender una aparente paradoja: la cultura es creada por las personas, pero posteriormente las personas también son moldeadas por la cultura que ellas mismas han creado. No existe una separación absoluta entre individuo y cultura. El individuo participa en la construcción cultural mediante sus acciones, decisiones y relaciones; posteriormente, esas construcciones sociales se convierten en el contexto en el cual otros individuos serán educados y desarrollarán su propia personalidad. La relación es dinámica y circular.

Sin embargo, afirmar que la cultura cambia lentamente no significa que sea inmutable. Las culturas experimentan transformaciones como consecuencia de migraciones, intercambios económicos, innovaciones tecnológicas, cambios políticos, movimientos sociales, conflictos, transformaciones demográficas y contacto prolongado con otras sociedades. Lo que explica su relativa estabilidad es que los cambios culturales importantes requieren que las nuevas prácticas y significados se incorporen a múltiples niveles de la vida social. Una innovación puede aparecer rápidamente, pero su integración profunda en las estructuras familiares, educativas, económicas y políticas puede requerir generaciones.

También debe diferenciarse la cultura de la personalidad individual. La personalidad está influida por factores biológicos, psicológicos, familiares, culturales y experienciales. La cultura constituye uno de esos niveles, pero no determina completamente la conducta. Dos personas pertenecientes a la misma cultura pueden desarrollar personalidades radicalmente diferentes. De manera inversa, personas pertenecientes a culturas diferentes pueden compartir determinadas características individuales. La utilidad del concepto de cultura reside, por tanto, en identificar patrones colectivos sin convertirlos en reglas absolutas sobre cada individuo.

La definición de Hofstede puede entenderse como una descripción de la cultura como un sistema colectivo de aprendizaje, interpretación y reproducción social. Las personas reciben patrones culturales mediante la convivencia, los incorporan progresivamente y los utilizan para interpretar su realidad. Posteriormente, esos mismos individuos participan en la conservación o transformación de las estructuras sociales que transmiten dichos patrones. La cultura posee así una dimensión mental, una dimensión conductual y una dimensión institucional.

La importancia de esta concepción radica en que permite comprender que muchas conductas humanas que parecen exclusivamente individuales tienen también una dimensión social. La manera de comunicarse, establecer jerarquías, expresar emociones, relacionarse con la familia, concebir el trabajo, interpretar el éxito o responder ante la autoridad no surge únicamente de decisiones personales aisladas. Estas conductas se desarrollan dentro de sistemas culturales que proporcionan modelos previos de interpretación. Reconocer esta influencia permite analizar las diferencias entre grupos humanos sin reducirlas a explicaciones exclusivamente biológicas o individuales.

La idea de Hofstede puede comprenderse como una explicación de la persistencia y transmisión de patrones colectivos de pensamiento y comportamiento. La cultura se adquiere mediante experiencias compartidas, se interioriza psicológicamente, se expresa mediante conductas y finalmente se materializa en instituciones. Esta última característica es decisiva para explicar su estabilidad: los valores y creencias dejan de existir únicamente como representaciones mentales y se incorporan a estructuras familiares, educativas, religiosas, políticas, económicas, científicas, técnicas y artísticas. Por ello, cada generación no comienza desde cero, sino que recibe un sistema cultural previamente construido. Al mismo tiempo, ninguna generación está completamente determinada por ese sistema, ya que puede reinterpretarlo y transformarlo. La cultura, entonces, puede entenderse como una estructura histórica acumulativa: es producida por los seres humanos, aprendida por los individuos, reproducida mediante las instituciones y transformada gradualmente por las nuevas experiencias colectivas.

 

 

 


M.R.E.A.

Administración desde Cero

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