¿Por qué las personas eligen una carrera emprendedora a pesar de su dificultad?

¿Por qué las personas eligen una carrera emprendedora a pesar de su dificultad?

Que nadie lo engañe: ser emprendedor es muy difícil. Esta afirmación puede parecer evidente, pero adquiere una importancia especial en una época en la que el emprendimiento suele presentarse como una vía casi automática hacia la libertad, la riqueza y la realización personal. Desde el exterior se observan con facilidad las empresas exitosas, los productos que alcanzan una amplia aceptación y las historias de quienes consiguieron transformar una idea en una organización próspera. Mucho menos visibles son los largos períodos de incertidumbre, los errores acumulados, las decisiones tomadas con información incompleta, la preocupación económica, el agotamiento y los momentos en que la persona debe continuar trabajando sin saber con certeza si el esfuerzo realizado producirá el resultado esperado. Emprender significa actuar sobre un futuro que todavía no existe, intentando construirlo mientras se enfrentan variables que no pueden ser controladas completamente. Por eso, además de una buena idea, se necesita una combinación compleja de motivación, disciplina, capacidad de aprendizaje, tolerancia a la incertidumbre y una relación suficientemente profunda con el propósito perseguido.

Hay que tener amor y pasión perpetuos para seguir adelante, aunque estas palabras deben comprenderse correctamente. La pasión no significa experimentar entusiasmo intenso todos los días. Ninguna actividad humana compleja, incluso aquella que una persona considera profundamente significativa, produce satisfacción constante. Habrá tareas aburridas, períodos de cansancio, decisiones desagradables y resultados decepcionantes. La pasión que permite sostener un proyecto durante años es diferente del entusiasmo inicial. Se parece más a una convicción persistente, a una relación duradera con aquello que se desea construir. Es la capacidad de recordar por qué comenzó una actividad cuando las circunstancias inmediatas ya no producen emoción. En este sentido, el emprendedor necesita amar no solamente la imagen final del éxito, sino también una parte importante del proceso que conduce hacia él. Debe encontrar significado en aprender, resolver problemas, modificar estrategias y volver a intentarlo, porque gran parte de la actividad emprendedora consiste precisamente en enfrentarse una y otra vez con aquello que todavía no funciona.

Esta distinción es esencial porque muchas personas pueden sentirse atraídas por la idea de ser emprendedoras sin disfrutar necesariamente de emprender. Pueden desear independencia económica, reconocimiento o libertad, pero descubrir posteriormente que no encuentran satisfacción en vender, negociar, administrar recursos, hablar con clientes, resolver problemas repetitivos o asumir responsabilidad directa sobre decisiones difíciles. El deseo por los resultados no siempre es suficiente para soportar el proceso. Por eso la pasión tiene una función psicológica importante: proporciona una fuente de energía relativamente estable cuando las recompensas externas todavía no aparecen. El emprendedor necesita una razón para continuar cuando el proyecto no produce los ingresos esperados, cuando los clientes no responden como se había previsto o cuando una estrategia en la que se invirtieron semanas de trabajo resulta equivocada.

Si la mente divaga constantemente hacia otras cosas que uno quisiera hacer, puede ser importante prestar atención. No porque todo pensamiento momentáneo deba convertirse inmediatamente en una decisión radical, sino porque los intereses persistentes pueden contener información valiosa acerca de las necesidades, capacidades y aspiraciones de una persona. Existe una diferencia entre una fantasía pasajera y una actividad que continúa regresando a la mente, que despierta curiosidad durante largos períodos y que mantiene la capacidad de generar energía incluso después de conocer sus dificultades. Cuando esto ocurre, quizá sea razonable explorar esa posibilidad. Adelante, hágalo. Estudie aquello que le interesa, aprenda las habilidades necesarias, investigue el campo, comprenda sus riesgos y realice pruebas. No siempre es necesario abandonar inmediatamente todo lo anterior para comenzar algo nuevo, pero tampoco es conveniente utilizar la prudencia como una excusa permanente para permanecer inmóvil. Una vida profesional puede continuar por inercia durante muchos años. Una persona puede permanecer en una trayectoria simplemente porque ya ha invertido demasiado tiempo en ella, aunque la actividad haya dejado de tener significado.

Este fenómeno puede relacionarse con la dificultad humana para abandonar decisiones anteriores. Con frecuencia, las personas sienten que cambiar de dirección significa desperdiciar el tiempo invertido. Sin embargo, el tiempo utilizado para aprender, trabajar y adquirir experiencia no desaparece necesariamente cuando cambia el rumbo profesional. Las capacidades desarrolladas pueden transferirse a nuevas actividades, y una decisión anterior puede haber sido razonable con la información disponible en aquel momento, aunque posteriormente deje de ser la mejor decisión. Cambiar no siempre representa inconsistencia; en determinadas circunstancias, puede representar aprendizaje. La verdadera pregunta no es si una persona debe cambiar de dirección cada vez que aparece una dificultad, sino si continúa en una dirección determinada porque todavía considera que vale la pena o únicamente porque teme enfrentar la incertidumbre asociada con una alternativa.

Habrá ocasiones en que uno se sentirá descorazonado. Esto es particularmente probable cuando existe una gran diferencia entre el esfuerzo realizado y los resultados obtenidos. El cerebro humano tiende a responder favorablemente a las relaciones relativamente claras entre acción y recompensa. Cuando una conducta produce un resultado positivo visible, resulta más fácil repetirla. Sin embargo, el emprendimiento puede romper esta relación. Una persona puede trabajar intensamente durante semanas sin recibir una confirmación clara de que está avanzando. Puede invertir recursos, desarrollar un producto, modificarlo repetidamente y descubrir que todavía no satisface las necesidades de los clientes. Puede esforzarse más que antes y, sin embargo, obtener temporalmente peores resultados. Esta falta de correspondencia inmediata entre esfuerzo y recompensa puede producir frustración, porque obliga al individuo a continuar sin disponer de la retroalimentación positiva que normalmente facilita la persistencia.

El desánimo, por lo tanto, no necesariamente indica que la persona ha elegido el camino equivocado. Puede ser una respuesta normal ante un período prolongado de incertidumbre y esfuerzo. Sin embargo, tampoco debe ignorarse automáticamente. Una de las capacidades más difíciles del emprendimiento consiste en diferenciar entre un obstáculo temporal, un error de estrategia y una señal de que el proyecto necesita una transformación más profunda. Esto exige pensamiento crítico. Perseverar no significa continuar indefinidamente realizando las mismas acciones. La perseverancia inteligente conserva el propósito mientras modifica los métodos cuando la evidencia demuestra que los métodos anteriores son ineficaces. La obstinación, por el contrario, repite una conducta sin aprender de sus resultados. El emprendedor necesita suficiente convicción para no abandonar prematuramente, pero también suficiente humildad para aceptar que sus primeras ideas pueden ser incorrectas.

Habrá ocasiones en que uno incluso se sentirá aterrado. El miedo posee una función biológica y psicológica: permite reconocer amenazas y prepara al organismo para responder ante situaciones potencialmente peligrosas. En el emprendimiento, las amenazas pueden ser reales. Existe la posibilidad de perder recursos económicos, fracasar públicamente, decepcionar a personas importantes, descubrir errores graves o enfrentar responsabilidades para las cuales todavía no se posee suficiente preparación. Por eso no es realista afirmar que un buen emprendedor nunca siente miedo. La diferencia fundamental se encuentra en la manera de responder a él. La valentía no consiste en negar la existencia del riesgo ni en actuar imprudentemente. Consiste en reconocer la incertidumbre, analizarla y actuar de manera razonable aun cuando no exista una garantía absoluta de éxito.

El emprendimiento obliga a convivir con preguntas para las cuales no siempre existe una respuesta inmediata. ¿Habrá suficientes clientes? ¿Será sostenible económicamente el proyecto? ¿Funcionará una nueva estrategia? ¿Se está utilizando correctamente el tiempo? ¿Es necesario continuar, modificar el rumbo o detenerse? En muchas ocasiones, la respuesta más honesta será simplemente que todavía no se sabe. Esta situación puede resultar psicológicamente exigente porque los seres humanos buscan previsibilidad. La previsibilidad reduce la carga cognitiva y proporciona una sensación de control. Cuando una persona sabe aproximadamente cuánto dinero recibirá, qué tareas realizará y cuáles son las reglas de la organización en la que trabaja, puede anticipar con mayor facilidad el futuro inmediato. El emprendedor, especialmente durante las primeras etapas de un proyecto, debe aceptar que numerosas variables todavía no están definidas.

Por eso habrá días en que deseará haber elegido la “seguridad” de un trabajo común en una empresa establecida, o al menos la percepción de seguridad. Una organización consolidada puede proporcionar ingresos más previsibles, una estructura definida, responsabilidades distribuidas y procedimientos conocidos. Estas condiciones son valiosas y para muchas personas constituyen una forma adecuada de desarrollo profesional. Sin embargo, es importante comprender que la seguridad absoluta prácticamente no existe. Las empresas cambian, las tecnologías transforman las profesiones, las condiciones económicas se modifican y ningún puesto de trabajo puede garantizar permanentemente la ausencia de incertidumbre. En consecuencia, la diferencia entre trabajar para una organización y emprender no siempre consiste en elegir entre seguridad e inseguridad, sino entre diferentes tipos de incertidumbre. Una persona puede enfrentar la incertidumbre de depender de decisiones tomadas por otros o la incertidumbre de asumir directamente una mayor responsabilidad sobre las decisiones que afectan su actividad.

La seguridad también tiene una dimensión subjetiva. Con frecuencia, lo que se percibe como seguridad es, en parte, familiaridad. Nos sentimos más tranquilos ante aquello que conocemos porque podemos anticipar su funcionamiento. Un sistema establecido posee reglas, jerarquías y procedimientos que reducen la necesidad de decidir constantemente desde cero. Emprender implica abandonar parcialmente esa familiaridad y entrar en un espacio donde las reglas todavía deben descubrirse o construirse. El deseo de regresar a lo conocido puede ser muy intenso durante los períodos de dificultad, pero la comodidad no siempre constituye una señal de que se ha elegido el camino correcto. Una persona puede permanecer en una situación conocida simplemente porque el costo psicológico del cambio parece demasiado elevado.

Entonces, si emprender es tan difícil, ¿por qué las personas eligen una carrera emprendedora? Una de las razones fundamentales es la autonomía. Muchas personas desean participar activamente en las decisiones que determinan la dirección de su trabajo. Quieren elegir los problemas que consideran importantes, definir qué productos o servicios desarrollarán y construir una actividad profesional coherente con sus valores. Esta autonomía no significa libertad absoluta. De hecho, el emprendedor puede experimentar numerosas restricciones económicas y operativas. Los clientes imponen necesidades, el mercado establece condiciones y la falta de recursos obliga a realizar elecciones difíciles. Sin embargo, existe una diferencia importante entre trabajar exclusivamente dentro de una estructura diseñada por otros y participar directamente en la creación de esa estructura. El emprendimiento permite asumir una mayor responsabilidad sobre la dirección del propio esfuerzo.

Otra razón es la necesidad de crear. Existen personas que no se sienten completamente satisfechas con observar una realidad y aceptar sus limitaciones como algo definitivo. Identifican un problema y comienzan a imaginar una solución. Observan una necesidad y se preguntan si podría ser satisfecha de una manera diferente. Para estas personas, la creación constituye una actividad profundamente estimulante. El emprendimiento permite transformar una posibilidad abstracta en una estructura concreta. Una idea puede convertirse en un producto; un producto puede convertirse en una solución utilizada por otras personas; y una solución puede transformarse en una organización capaz de generar efectos que superan las capacidades individuales de su creador.

El emprendimiento también puede elegirse por el deseo de producir impacto. No es necesario transformar completamente el mundo para realizar una actividad significativa. Resolver adecuadamente un problema concreto puede ser suficiente. Una empresa puede facilitar una tarea, ahorrar tiempo, proporcionar un producto de calidad, mejorar un servicio, crear empleo o desarrollar una solución para una necesidad previamente insatisfecha. En este sentido, la actividad emprendedora puede proporcionar una sensación de utilidad directa. La persona observa una consecuencia de su trabajo y reconoce que aquello que construyó comenzó a formar parte de la realidad de otras personas.

Además, emprender puede convertirse en una forma extraordinariamente intensa de aprendizaje. El emprendedor se encuentra constantemente frente a problemas que no puede resolver únicamente con los conocimientos que ya posee. Debe aprender sobre comportamiento humano, comunicación, administración, economía, negociación, tecnología y estrategia. Debe reconocer sus limitaciones y buscar nuevas herramientas. Este proceso puede resultar agotador, pero también representa una fuente profunda de desarrollo intelectual. Cada interacción con la realidad proporciona información. Un cliente que rechaza una propuesta puede revelar una necesidad mal comprendida. Un producto que no funciona puede demostrar que una hipótesis era incorrecta. Una estrategia fallida puede mostrar que se utilizaron supuestos equivocados.

Esto no significa que el fracaso deba ser romantizado. Fracasar puede ser doloroso, costoso y, en determinadas circunstancias, devastador. El fracaso no produce automáticamente sabiduría. Solamente puede convertirse en conocimiento cuando existe una reflexión rigurosa sobre sus causas. La experiencia, por sí sola, no garantiza aprendizaje. Es necesario analizar qué ocurrió, por qué ocurrió y qué elementos pueden modificarse. Desde esta perspectiva, el emprendimiento posee una semejanza con el razonamiento científico: se formulan hipótesis, se ponen a prueba en contacto con la realidad y posteriormente se modifican según los resultados obtenidos. La empresa aprende cuando sus integrantes son capaces de convertir la experiencia en información útil.

Algunas personas también eligen emprender porque prefieren enfrentar el riesgo de intentar algo antes que vivir permanentemente con la incertidumbre de no saber qué habría ocurrido. Esta es una forma diferente de riesgo, menos visible pero psicológicamente importante. Cuando una persona evita actuar para reducir la posibilidad de fracaso, disminuye determinados peligros inmediatos. Sin embargo, puede generar otra consecuencia: la pregunta persistente acerca de una posibilidad que nunca fue explorada. ¿Qué habría ocurrido si hubiera intentado desarrollar aquella idea? ¿Qué habría sucedido si hubiera aprendido aquello que realmente le interesaba? ¿Qué habría pasado si hubiera dedicado una parte de su vida a construir algo propio? En ocasiones, el miedo al fracaso no es el único miedo relevante. También puede existir miedo al arrepentimiento.

La ausencia de acción también constituye una decisión y, por lo tanto, produce consecuencias. Esto no significa que todas las personas deban emprender. Ser emprendedor no es moralmente superior a trabajar dentro de una organización establecida. Las sociedades necesitan científicos, médicos, ingenieros, profesores, investigadores, artistas, técnicos, administradores y profesionales de innumerables disciplinas. Una vida profesional puede ser profundamente significativa sin incluir la creación de una empresa. La cuestión no consiste en decidir qué forma de trabajo es superior en términos universales, sino en comprender qué tipo de actividad resulta coherente con las capacidades, necesidades, valores y aspiraciones de cada individuo.

Por esta razón, la carrera emprendedora atrae especialmente a quienes poseen una fuerte necesidad de autonomía, creación, aprendizaje o impacto. Algunas personas toleran mejor la incertidumbre porque encuentran en ella una oportunidad para actuar. Otras prefieren entornos estructurados porque valoran más la previsibilidad y la estabilidad. Ninguna de estas preferencias constituye por sí misma una virtud o una deficiencia. El problema aparece cuando una persona intenta vivir de acuerdo con una estructura profesional que contradice persistentemente aquello que considera importante.

Ser emprendedor es difícil precisamente porque exige una forma particular de relación con la incertidumbre. Hay que aprender a tomar decisiones sin esperar disponer de información perfecta. Hay que reconocer que el miedo puede aparecer incluso cuando se está avanzando en la dirección correcta. Hay que aceptar que el desánimo forma parte de los procesos prolongados. Hay que distinguir entre una dificultad temporal y una señal que exige modificar el rumbo. Hay que conservar el propósito sin quedar atrapado en los métodos. Y, sobre todo, hay que desarrollar la capacidad de continuar cuando el resultado todavía no es visible.

Por eso se necesita amor y pasión perpetuos. No porque el amor elimine las dificultades, sino porque proporciona una razón para atravesarlas. Una actividad puede seguir siendo difícil incluso cuando se ama profundamente. La diferencia es que el esfuerzo adquiere un significado. La persona no trabaja únicamente para alcanzar una recompensa futura; también reconoce valor en el acto de construir, aprender y avanzar. El propósito convierte una parte del sacrificio en inversión.

Si su mente divaga constantemente hacia otras cosas que realmente quisiera hacer, quizá valga la pena detenerse y escuchar. No es necesario abandonar inmediatamente la prudencia, la responsabilidad o el análisis. Pero tampoco es necesario esperar una seguridad absoluta que probablemente nunca llegará. Investigue. Estudie. Pruebe. Aprenda. Construya algo pequeño. Observe cómo responde la realidad. La acción no siempre exige un salto irreversible; con frecuencia puede comenzar mediante un experimento razonable.

Habrá momentos en que se sentirá descorazonado. Habrá días en que estará cansado y deseará haber elegido un camino más previsible. Habrá ocasiones en que el miedo será intenso. Estas experiencias no significan necesariamente que haya fracasado ni que carezca de capacidad. Forman parte de la experiencia de intentar construir algo en un territorio donde el resultado no está garantizado.

Quizá esa sea la razón más profunda por la que algunas personas eligen emprender: no porque desconozcan la dificultad, sino porque, aun conociéndola, existe algo que consideran suficientemente importante como para intentar hacerlo. Emprenden porque desean crear en lugar de limitarse a imaginar. Porque desean resolver problemas. Porque desean participar directamente en la construcción de su futuro. Porque prefieren enfrentar la incertidumbre de intentar algo significativo antes que renunciar anticipadamente a una posibilidad que continúa llamándolos.

El emprendimiento no garantiza el éxito. Tampoco garantiza felicidad, riqueza o libertad inmediata. Lo que puede ofrecer es la posibilidad de participar activamente en la creación de una realidad que antes no existía. Y para algunas personas, esa posibilidad resulta más valiosa que la comodidad de permanecer permanentemente en un camino que nunca sintieron completamente suyo.

Que nadie lo engañe: ser emprendedor es muy difícil. Pero precisamente porque es difícil exige algo más que una idea. Exige convicción, aprendizaje, disciplina, adaptación y la capacidad de continuar cuando la emoción inicial ha desaparecido. Exige reconocer el miedo sin convertirse en esclavo de él. Exige aceptar los errores sin renunciar a la capacidad de aprender. Exige comprender que no siempre se avanzará rápidamente y que, en ocasiones, el progreso consistirá simplemente en haber descubierto una forma que no funciona.

Quien decide emprender no debe hacerlo porque espera que el camino sea fácil. Debe hacerlo porque, después de observar sus dificultades, considera que existe algo que vale la pena construir. La pregunta final, por lo tanto, quizá no sea si emprender es seguro. Probablemente ninguna decisión importante de la vida lo sea por completo. La pregunta más profunda es qué riesgo está dispuesto a asumir y qué posibilidad está dispuesto a dejar sin explorar.

A veces, la respuesta será permanecer donde uno está. A veces, la respuesta será cambiar. Y, en otras ocasiones, la respuesta será comenzar a construir aquello que durante demasiado tiempo solamente ha existido en la imaginación. La decisión debe ser personal, razonada y consciente. Pero cuando existe un propósito auténtico, cuando la curiosidad persiste, cuando el deseo de crear continúa regresando incluso después de conocer las dificultades, quizá valga la pena avanzar. No con la ilusión de que no habrá miedo, sino con la certeza de que algunas cosas importantes solamente pueden descubrirse después de haber tenido el valor de intentarlas.

 

 

 


M.R.E.A.

Administración desde Cero

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