Errores reales frente a preferencias estilísticas
Distinguir entre errores reales de lenguaje y redacción y preferencias estilísticas es fundamental porque no todo aquello que “suena mal”, resulta poco elegante o se aparta de una determinada manera de escribir constituye una incorrección. En la escritura rigurosa, especialmente en contextos académicos, científicos, profesionales y técnicos, esta diferencia permite evaluar un texto con criterios objetivos y evita convertir el gusto personal del corrector en una supuesta norma lingüística. Un error real ocurre cuando una construcción vulnera una regla gramatical, ortográfica, sintáctica, semántica o de uso que resulta aplicable al contexto. Una preferencia estilística, en cambio, aparece cuando existen varias posibilidades lingüísticamente válidas y el autor, el género textual, la institución o el editor escoge una de ellas por razones de claridad, concisión, ritmo, énfasis, tono o tradición discursiva. La primera categoría compromete la corrección del texto; la segunda afecta principalmente la manera en que esa corrección se materializa.
Esta distinción es necesaria porque una lengua no funciona como un sistema en el que cada idea tenga una única formulación correcta. Los hablantes disponen de múltiples recursos para expresar una misma relación conceptual. Puede existir más de una construcción sintáctica gramatical, más de un orden posible de los elementos de una oración, distintas formas de organizar un párrafo y diferentes grados de explicitud. Por ejemplo, no existe una única manera correcta de afirmar que un determinado fenómeno produjo un resultado. Puede escribirse que “el fenómeno produjo el resultado”, que “el resultado fue producido por el fenómeno” o, dependiendo del contexto, que “como consecuencia del fenómeno se obtuvo el resultado”. Estas formulaciones no son necesariamente equivalentes en todos sus efectos discursivos, pero ninguna es incorrecta por el simple hecho de que otra resulte más natural para determinado lector. Elegir una sobre otra pertenece, en buena medida, al terreno de la construcción estilística.
Un error real, por el contrario, puede identificarse independientemente de que al corrector le guste o no la frase. Si una oración contiene una discordancia injustificada entre sus elementos, existe un problema gramatical. Si una palabra está escrita de manera contraria a la ortografía establecida, existe un problema ortográfico. Si una estructura sintáctica impide establecer correctamente las relaciones entre sus componentes, existe un problema de construcción. Si una expresión atribuye a una palabra un significado que no puede sostener en ese contexto, puede existir un problema semántico. En estos casos, la corrección no depende de que el lector prefiera una formulación determinada. La cuestión es si el enunciado satisface las condiciones necesarias para considerarse lingüísticamente adecuado dentro de la variedad y del contexto que se están utilizando.
Sin embargo, incluso esta definición necesita cierta precisión científica, porque la noción de “error” no es absolutamente independiente del contexto. Las lenguas presentan variación geográfica, histórica, social y situacional. Una construcción puede ser habitual y plenamente aceptable en una comunidad lingüística y resultar extraña o poco frecuente en otra. Del mismo modo, una expresión puede ser apropiada en una conversación informal y resultar inadecuada en un artículo científico, sin que por ello sea necesariamente incorrecta en términos generales. Por esta razón, la evaluación lingüística debe considerar la variedad de lengua, el registro, el género discursivo, la situación comunicativa y la finalidad del texto. No es científicamente riguroso declarar incorrecta una forma simplemente porque no coincide con la variedad lingüística o con el estilo preferido por quien corrige.
La redacción científica hace especialmente importante esta separación porque busca maximizar la precisión conceptual y reducir las posibilidades de interpretación ambigua. En este ámbito, algunas decisiones de redacción pueden ser muy recomendables sin ser obligatorias. Por ejemplo, puede preferirse una oración relativamente breve porque facilita el procesamiento de una relación causal compleja. También puede recomendarse colocar una determinada información al principio del enunciado para establecer desde el comienzo el tema de discusión. Estas decisiones pueden mejorar considerablemente la comunicación científica, pero no deben confundirse automáticamente con reglas gramaticales. Una oración larga no es necesariamente incorrecta; puede ser perfectamente gramatical y, al mismo tiempo, resultar menos eficiente para transmitir información. Del mismo modo, una oración breve no es necesariamente mejor en todas las circunstancias.
La diferencia puede observarse con claridad en la longitud de las oraciones. Decir que una oración contiene demasiadas palabras y, por ello, constituye un error gramatical sería incorrecto. La longitud por sí misma no determina la corrección. Una oración extensa puede mantener una estructura sintáctica perfectamente organizada y expresar con precisión una relación compleja entre varios conceptos. No obstante, desde una perspectiva estilística, esa misma oración podría dividirse en dos o tres unidades para disminuir la carga cognitiva del lector. En consecuencia, afirmar que “debe dividirse porque es incorrecta” confundiría dos niveles de análisis diferentes. Sería más preciso señalar que la oración es gramaticalmente válida, pero que su estructura puede modificarse para mejorar la claridad, la legibilidad o el ritmo argumentativo.
Algo semejante sucede con la llamada “redundancia”. Algunas repeticiones son errores cuando introducen una información innecesariamente duplicada debido a una construcción defectuosa o cuando contradicen el significado que se pretende transmitir. Pero muchas repeticiones son deliberadas y funcionales. En un texto científico, repetir un término técnico puede ser preferible a sustituirlo constantemente por sinónimos, porque la variación léxica excesiva puede generar ambigüedad acerca de si dos palabras designan exactamente el mismo concepto. Si un texto utiliza de manera constante el mismo término para una variable, una estructura o un procedimiento, esa repetición puede contribuir a la precisión. Por tanto, la regla “no repitas palabras” no es una ley universal de la buena redacción, sino una recomendación estilística que debe aplicarse selectivamente.
La misma precaución resulta necesaria con los sinónimos. Desde una perspectiva literaria puede ser deseable evitar la repetición mediante variaciones léxicas; desde una perspectiva científica, esa estrategia puede ser contraproducente. Dos palabras aparentemente semejantes pueden presentar diferencias de significado, extensión conceptual o comportamiento terminológico. Sustituir sistemáticamente una palabra por otra para “embellecer” el texto puede hacer que el lector dude de si el autor está hablando del mismo objeto o de dos objetos diferentes. En consecuencia, la precisión terminológica suele tener prioridad sobre la variedad expresiva. Aquí se observa una situación especialmente importante: una característica que en determinado género literario podría considerarse una virtud estilística puede constituir una mala decisión comunicativa en un texto científico, aunque no sea una incorrección lingüística propiamente dicha.
También es fundamental distinguir entre incorrección y preferencia en el orden de las palabras. El español permite cierto grado de movilidad sintáctica, por lo que una misma información puede organizarse de diferentes maneras. La posición de un complemento, de un adverbio o de una determinada expresión puede modificarse para producir énfasis, establecer una progresión temática o destacar una consecuencia. Que una persona considere más elegante una determinada posición no convierte automáticamente las demás en incorrectas. Solo cuando el orden elegido genera una construcción gramaticalmente inaceptable, una ambigüedad grave o una interpretación diferente de la pretendida puede hablarse de un problema lingüístico real. En los demás casos, probablemente estamos ante una cuestión de estilo o de organización de la información.
La puntuación ofrece otro ejemplo particularmente revelador. Existen usos de los signos de puntuación que están sujetos a reglas relativamente precisas. Una coma que separa indebidamente determinados componentes sintácticos puede constituir un error. Pero también existen situaciones en las que la puntuación admite más de una solución legítima, dependiendo de la estructura informativa y del efecto discursivo buscado. Por eso no debería corregirse toda diferencia de puntuación como si representara necesariamente una infracción normativa. Un corrector científicamente riguroso debe preguntarse primero qué función desempeña el signo utilizado y si la estructura resultante es válida. Solo después puede valorar si una alternativa sería más clara o más conveniente.
La distinción adquiere todavía mayor importancia cuando se utilizan expresiones como “esto está mal escrito”. Una afirmación de ese tipo puede ocultar varios diagnósticos diferentes. Puede significar que existe un error ortográfico, que hay una discordancia gramatical, que la frase es ambigua, que la relación lógica está mal expresada, que el registro no corresponde al género textual o simplemente que al corrector no le gusta la formulación. Estas situaciones no son equivalentes. Una evaluación rigurosa debe especificar cuál es el problema. “Es incorrecto” debería reservarse para aquellos casos en los que pueda identificarse una razón lingüística objetiva o una incompatibilidad clara con las convenciones pertinentes. “Es preferible reformularlo” corresponde mejor a una recomendación estilística.
La diferencia entre ambos conceptos también protege al autor frente a la sobrerrevisión. Un proceso de corrección que transforma todas las preferencias del corrector en reglas obligatorias puede terminar homogeneizando los textos y eliminando decisiones legítimas del escritor. La función de la corrección no consiste en hacer que todos los autores escriban exactamente igual. Consiste en detectar problemas que dificultan la comunicación y, cuando sea pertinente, proponer alternativas que mejoren el texto sin alterar innecesariamente su voz, su intención ni su arquitectura argumentativa. En este sentido, corregir no equivale a sustituir la escritura del autor por la escritura del corrector.
Esto es particularmente importante en textos científicos porque la uniformidad absoluta no es el objetivo principal. El objetivo fundamental es que las afirmaciones sean comprensibles, precisas, verificables y coherentes. Dos investigadores pueden presentar una misma relación científica mediante estructuras sintácticas diferentes y ambos textos pueden ser adecuados. Uno puede preferir una exposición más directa y otro una organización más gradual. Uno puede utilizar más construcciones activas y otro más construcciones pasivas. Uno puede emplear párrafos breves y otro párrafos más desarrollados. Estas diferencias pueden influir en la facilidad de lectura, pero no permiten por sí solas establecer una frontera entre corrección e incorrección.
Las construcciones activas y pasivas constituyen un caso clásico. Afirmar que la voz pasiva es incorrecta en la escritura científica sería una generalización injustificada. Puede ser conveniente utilizar una construcción activa cuando interesa destacar al agente que realiza una acción, mientras que una construcción pasiva puede ser útil cuando el proceso o el objeto de estudio constituye el centro de atención. La elección depende de la estructura informativa y del propósito del enunciado. Por tanto, recomendar una determinada voz puede ser una decisión estilística o discursiva; afirmar que la otra es incorrecta requiere demostrar un problema concreto de gramática, significado o adecuación contextual.
Lo mismo ocurre con determinadas formas de impersonalidad. En la comunicación científica es frecuente evitar una presencia excesivamente personal del investigador cuando el foco está puesto en el procedimiento, los datos o los resultados. Pero esto no significa que toda referencia explícita al autor sea lingüísticamente incorrecta. La conveniencia de utilizar una construcción impersonal, una primera persona del plural o una estructura pasiva puede depender de las convenciones del campo disciplinario, de la revista, del tipo de documento y de la finalidad comunicativa. Son convenciones discursivas y estilísticas que pueden ser muy importantes, pero no deben presentarse sin más como leyes universales de la lengua.
Otro punto crucial es la diferencia entre “menos frecuente” e “incorrecto”. La frecuencia de uso puede proporcionar información sobre una construcción, pero la rareza no demuestra por sí misma que exista un error. Una estructura poco habitual puede ser completamente legítima. En la escritura científica, además, aparecen constantemente términos y combinaciones especializados que no son frecuentes en el lenguaje cotidiano. Sería absurdo evaluar su corrección utilizando únicamente el criterio de frecuencia general. El análisis debe determinar si la forma utilizada es compatible con el sistema lingüístico y con la terminología del campo correspondiente.
De manera inversa, que una expresión sea muy frecuente tampoco demuestra automáticamente que sea adecuada para cualquier situación. Una construcción extendida en la comunicación informal puede ser poco conveniente en un documento normativo, una tesis o una publicación científica. Aquí aparece la diferencia entre corrección y adecuación. Una forma puede ser lingüísticamente válida pero poco apropiada para determinado contexto. La adecuación evalúa la relación entre el recurso lingüístico y la situación comunicativa; la corrección evalúa si el recurso utilizado satisface las reglas y convenciones pertinentes. Ambas dimensiones deben analizarse, pero no deben confundirse.
La claridad también requiere un tratamiento cuidadoso. Una frase puede ser gramaticalmente correcta y, sin embargo, comunicativamente deficiente. Por ejemplo, puede contener una estructura sintáctica compleja que permita varias interpretaciones. En ese caso, el problema principal no necesariamente es una incorrección gramatical, sino una deficiencia de claridad. Reformular la frase sería recomendable porque el lector podría interpretar de manera equivocada la relación entre las ideas. Pero el diagnóstico debería conservar esta distinción: “la construcción es gramatical, aunque resulta ambigua en este contexto”. Esa formulación es mucho más precisa que simplemente afirmar “la oración está mal”.
La precisión conceptual sigue el mismo principio. Una oración puede estar impecablemente construida desde el punto de vista gramatical y, aun así, expresar una afirmación científicamente imprecisa. La gramática garantiza determinadas propiedades formales de la expresión, pero no garantiza la verdad de las proposiciones. Un texto puede presentar una sintaxis perfecta y sostener una relación causal que los datos no justifican. En ese caso, el problema pertenece al contenido científico o a la argumentación, no necesariamente a la gramática. Por eso la revisión de un texto científico debería diferenciar al menos entre corrección lingüística, claridad comunicativa, precisión terminológica, coherencia argumentativa y validez científica.
También es necesario reconocer que las preferencias estilísticas pueden estar fundamentadas. Llamar a una decisión “estilística” no significa considerarla arbitraria, inútil o irrelevante. Una determinada elección puede estar respaldada por principios sólidos de comunicación. Preferir una terminología constante, reducir las estructuras excesivamente complejas, evitar ambigüedades, ordenar las ideas de lo general a lo particular o colocar una conclusión después de la evidencia son decisiones que pueden mejorar sustancialmente un texto. Lo que debe evitarse es convertir una recomendación razonable en una prohibición lingüística universal cuando no existe una regla que la sustente.
Una buena revisión debería seguir una jerarquía de intervención. Primero deben identificarse los errores objetivos que comprometen la corrección o la interpretación. Después deben examinarse los problemas de claridad, coherencia y precisión. Finalmente pueden proponerse ajustes estilísticos destinados a mejorar fluidez, concisión, ritmo o adecuación al género. Esta jerarquía evita dedicar la misma intensidad de corrección a una falta ortográfica que a una preferencia sobre el orden de dos expresiones igualmente válidas. También permite que el autor comprenda por qué se modifica una determinada parte del texto y qué tipo de problema se pretende solucionar.
Una forma especialmente rigurosa de evaluar cada modificación consiste en formular una pregunta sencilla: ¿qué evidencia permite afirmar que esta construcción es incorrecta? Si la respuesta consiste en una regla gramatical, ortográfica o semántica claramente aplicable, probablemente estamos ante un error real. Si la respuesta es “suena mejor así”, “yo lo escribiría de esta manera”, “es más elegante”, “prefiero evitar esa palabra” o “en mi campo solemos hacerlo así”, probablemente estamos ante una preferencia estilística o una convención discursiva. Estas últimas pueden justificar una recomendación, pero no deberían presentarse como si fueran errores objetivos.
Por eso, en una revisión profesional conviene utilizar categorías diferenciadas. “Error” puede reservarse para una incorrección demostrable; “mejora de claridad” para una modificación destinada a facilitar la interpretación; “mejora de concisión” para una reducción de elementos innecesarios; “adecuación al registro” para una adaptación al contexto comunicativo; y “preferencia estilística” para una elección entre alternativas igualmente válidas. Esta clasificación proporciona transparencia y permite que el autor decida qué modificaciones son obligatorias y cuáles son opcionales. Además, reduce los desacuerdos porque transforma una valoración subjetiva en un diagnóstico explícito.
Distinguir errores reales de preferencias estilísticas supone reconocer que corregir una lengua no es lo mismo que uniformar una lengua. La corrección busca eliminar aquello que vulnera las condiciones necesarias para que un enunciado sea lingüísticamente válido y comunicativamente funcional. El estilo, en cambio, organiza las posibilidades que permanecen abiertas después de satisfacer esas condiciones. Primero se determina qué debe corregirse porque existe un problema; después se decide qué puede mejorarse porque existe una alternativa potencialmente más eficaz. Confundir ambos niveles produce correcciones innecesarias, empobrece la diversidad expresiva y puede hacer que los autores memoricen falsas reglas.
En la redacción científica, esta separación es especialmente valiosa porque la calidad textual no depende de que todas las frases adopten una forma idéntica, sino de que cada elección lingüística contribuya de manera justificada a comunicar conocimiento. Un texto científicamente sólido debe ser correcto, pero también claro, preciso, coherente y adecuado a sus lectores. Estas propiedades se relacionan entre sí, aunque no son sinónimas. La corrección establece un límite: evita construcciones defectuosas. El estilo trabaja dentro de ese espacio de posibilidades: determina cómo presentar la información de la manera más eficaz para un propósito concreto. Entender esta diferencia permite corregir con mayor rigor, enseñar lengua con mayor precisión y, sobre todo, evitar que una preferencia personal se disfrace de regla lingüística.
M.R.E.A.











