El modelo de transformación humana
La revisión histórica de las culturas, sociedades y personas que han producido transformaciones significativas permite identificar un patrón común que atraviesa épocas, territorios, sistemas políticos, condiciones económicas y niveles tecnológicos muy diferentes. Aunque las formas concretas de transformación hayan sido extraordinariamente diversas, existe una estructura subyacente que se repite: primero aparece la capacidad de reconocer que una situación puede ser diferente; posteriormente surge la capacidad de imaginar y desarrollar una respuesta nueva; después se produce la decisión de llevar esa respuesta a la práctica; finalmente, se establece un proceso de evaluación, corrección, aprendizaje y perfeccionamiento que permite reproducir el ciclo. Este patrón puede expresarse mediante tres conceptos fundamentales: cambio, acción y mejoramiento continuo.
La importancia de estos tres conceptos radica en que permiten pasar de una concepción estática de la historia a una concepción dinámica. Las sociedades no se transforman simplemente porque transcurra el tiempo. El paso del tiempo, por sí mismo, no genera progreso, innovación ni desarrollo. La transformación aparece cuando los seres humanos perciben una situación, identifican posibilidades diferentes, producen alternativas, actúan sobre la realidad y utilizan los resultados obtenidos para modificar nuevamente sus conocimientos y comportamientos. En consecuencia, la transformación humana puede entenderse como un proceso acumulativo de interacción permanente entre percepción, pensamiento, decisión, ejecución y aprendizaje.
El primer elemento del modelo corresponde a la capacidad de identificar nuevas formas de desarrollo y progreso, es decir, a la capacidad de reconocer oportunidades. Esta capacidad constituye el punto de partida de cualquier transformación significativa, ya que resulta imposible modificar deliberadamente aquello que no se ha identificado como susceptible de modificación. Una sociedad puede convivir durante generaciones con una determinada limitación, una necesidad o una ineficiencia sin intentar resolverla. La transformación comienza cuando alguien observa esa realidad de una manera diferente y descubre que existe una posibilidad que anteriormente no había sido reconocida.
La oportunidad, en este sentido, no debe entenderse exclusivamente como una oportunidad económica. Una oportunidad puede consistir en encontrar una forma más eficiente de producir alimentos, mejorar la salud, transportar personas, comunicar información, organizar una sociedad, explicar un fenómeno natural, expresar una idea artística, resolver un problema matemático o ampliar el conocimiento sobre el universo. El concepto de oportunidad es, por tanto, mucho más amplio que el de negocio. Representa la identificación de una posibilidad de generar una modificación considerada valiosa en una determinada circunstancia.
Esta capacidad de identificación exige observación. Las personas y culturas transformadoras suelen desarrollar mecanismos para observar sistemáticamente su entorno y detectar discrepancias entre la situación existente y una situación deseada. El agricultor observa el comportamiento de las estaciones y del suelo; el navegante observa los vientos y las corrientes; el médico observa los síntomas y la evolución de una enfermedad; el científico observa fenómenos naturales; el ingeniero observa fallas en una estructura; el empresario observa necesidades insatisfechas; el artista observa aspectos de la experiencia humana que todavía no han encontrado una determinada forma de expresión.
Sin embargo, observar no significa simplemente mirar. La observación transformadora implica interpretar. Dos personas pueden encontrarse frente al mismo fenómeno y extraer conclusiones completamente diferentes. La diferencia se encuentra en los conocimientos previos, las preguntas formuladas, la capacidad de establecer relaciones y la disposición para cuestionar las explicaciones existentes. La percepción de una oportunidad depende, por tanto, de la interacción entre información y pensamiento.
La oportunidad aparece con frecuencia cuando se reconoce una brecha entre lo que existe y lo que podría existir. Esa brecha puede manifestarse como una necesidad insatisfecha, un problema, una deficiencia, una ineficiencia, una limitación tecnológica, una contradicción o incluso un deseo todavía no atendido. La capacidad innovadora consiste en reconocer que esa brecha no tiene necesariamente que permanecer indefinidamente. El pensamiento transformador sustituye la aceptación pasiva de la realidad por una pregunta esencial: ¿podría hacerse de otra manera?
Esta pregunta es profundamente importante desde una perspectiva histórica. Muchas de las grandes transformaciones humanas comenzaron cuando una práctica considerada normal dejó de ser considerada inevitable. La navegación cambió cuando los seres humanos dejaron de aceptar las limitaciones del transporte terrestre; la agricultura se transformó cuando se desarrollaron nuevas formas de controlar el agua y mejorar el cultivo; la medicina avanzó cuando las enfermedades comenzaron a estudiarse mediante procedimientos científicos; la producción industrial se modificó cuando la fabricación artesanal dejó de ser considerada la única forma posible de producir determinados bienes; las comunicaciones cambiaron cuando transmitir información a distancia se convirtió en un problema susceptible de solución tecnológica.
La identificación de oportunidades constituye, por tanto, el primer momento del cambio. El cambio aparece cuando se reconoce que existe una posibilidad diferente respecto de la situación actual. No existe todavía una transformación material completa, pero sí se ha producido una transformación cognitiva: la realidad ha dejado de ser interpretada como algo completamente fijo. El individuo o la sociedad comienza a percibir un espacio de posibilidades.
Este punto es fundamental porque las transformaciones profundas suelen comenzar antes de que sean visibles externamente. Una idea, una pregunta o una nueva interpretación puede preceder durante años a la aparición de una tecnología, una institución o una práctica social. El cambio comienza en el conocimiento y posteriormente puede extenderse al comportamiento, a las organizaciones y finalmente a las estructuras sociales.
El segundo elemento del modelo es la habilidad para encontrar soluciones mediante procesos creativos e innovadores. Identificar una oportunidad no significa haberla resuelto. Una persona puede reconocer perfectamente un problema y carecer de los conocimientos, recursos o procedimientos necesarios para solucionarlo. Entre la identificación de una posibilidad y su realización existe un proceso intelectual y técnico de enorme importancia: la generación de alternativas.
Aquí aparece la creatividad. La creatividad permite producir relaciones nuevas entre elementos que anteriormente podían encontrarse separados. Una solución creativa no necesariamente consiste en crear algo absolutamente inexistente. Con frecuencia implica combinar conocimientos previos de una manera diferente, adaptar una técnica existente a un nuevo problema o transferir un principio de un campo a otro.
La innovación constituye la prolongación práctica de este proceso. Mientras la creatividad puede generar múltiples posibilidades, la innovación requiere seleccionar, desarrollar y aplicar aquellas que poseen capacidad real para producir una modificación valiosa. Por esta razón, no toda idea creativa constituye una innovación. Una idea se convierte en innovación cuando logra superar determinadas restricciones y puede integrarse en una práctica, producto, proceso, servicio, conocimiento o institución.
La creatividad innovadora exige conocimiento. La imaginación sin conocimiento puede producir posibilidades interesantes, pero el conocimiento proporciona los elementos necesarios para determinar qué alternativas son factibles. Las grandes transformaciones suelen aparecer cuando conocimiento y creatividad interactúan. El conocimiento permite comprender las restricciones del problema; la creatividad permite buscar configuraciones diferentes dentro de esas restricciones.
Por esta razón, las sociedades transformadoras suelen desarrollar mecanismos para acumular conocimiento. La escritura, la educación, las bibliotecas, las universidades, los laboratorios, los centros de investigación y las organizaciones empresariales cumplen una función esencial en este proceso. Cada generación puede iniciar su actividad intelectual sobre una base de conocimientos previamente construida. La innovación se vuelve así acumulativa.
También es importante comprender que las soluciones innovadoras rara vez aparecen completamente terminadas. Normalmente requieren experimentación. Se formula una hipótesis, se construye un prototipo, se prueba, se observa el resultado, se identifican errores y se modifica el diseño. Este proceso puede repetirse muchas veces. La experimentación transforma la creatividad en aprendizaje verificable.
La existencia de errores durante este proceso no representa necesariamente una contradicción de la innovación. Por el contrario, el error puede proporcionar información esencial. Cuando una solución falla, revela que determinada relación entre condiciones y resultados no funciona como se había previsto. Si esa información se incorpora al proceso de aprendizaje, el fracaso se convierte en conocimiento. El problema aparece únicamente cuando el error se repite sin análisis o cuando la organización carece de mecanismos para aprender de él.
El tercer elemento es el deseo y la decisión de poner en ejecución las soluciones. Esta dimensión introduce un componente fundamental que diferencia la posibilidad de la transformación efectiva: la acción. Una persona puede observar una oportunidad y desarrollar una solución extraordinariamente creativa, pero si nunca la ejecuta, la realidad permanece esencialmente igual.
La acción representa el paso desde el pensamiento hacia la realidad. Es el momento en el cual una posibilidad conceptual adquiere una expresión concreta. Una teoría se aplica, una máquina se construye, una empresa se organiza, una reforma se implementa, un método se utiliza, una institución se crea o una tecnología se introduce en la sociedad.
Esta transición exige decisión. La acción requiere seleccionar una alternativa entre múltiples posibilidades y asignarle recursos. Toda ejecución implica algún grado de incertidumbre, debido a que el futuro no puede conocerse completamente. Cuando una sociedad introduce una nueva tecnología, una organización modifica su estructura o una persona emprende una actividad desconocida, existen resultados que no pueden predecirse con absoluta precisión.
Por ello, la transformación exige cierta disposición para actuar bajo condiciones de incertidumbre. No significa actuar de manera imprudente, sino reconocer que la información disponible siempre posee límites. El conocimiento puede reducir la incertidumbre, pero difícilmente puede eliminarla por completo. La acción transformadora requiere, entonces, combinar análisis con decisión.
La acción también necesita recursos. Una idea puede ser excelente, pero su implementación puede requerir tiempo, conocimiento especializado, materiales, capital, infraestructura, personas, herramientas o instituciones. La transformación histórica se produce cuando una sociedad es capaz de movilizar esos recursos y coordinarlos de manera eficaz.
Este aspecto explica la importancia de la organización. Las grandes transformaciones no suelen depender únicamente de la acción individual. Una innovación científica puede requerir equipos de investigadores; una obra de infraestructura puede requerir miles de trabajadores; una empresa tecnológica necesita profesionales de múltiples disciplinas; una reforma política necesita instituciones y mecanismos de implementación. La acción individual puede iniciar un proceso, pero la acción colectiva permite llevarlo a escalas mucho mayores.
En este punto puede observarse con claridad la relación entre cambio y acción. La identificación de una oportunidad y la construcción de una solución modifican inicialmente el campo de las posibilidades. La acción transforma esas posibilidades en hechos. El cambio deja entonces de existir solamente como representación mental y comienza a producir efectos observables en la realidad.
Sin acción, el cambio permanece potencial. Sin cambio, la acción puede convertirse simplemente en repetición. Por ello, ambos conceptos se necesitan mutuamente. El cambio proporciona una dirección diferente; la acción convierte esa dirección en una transformación efectiva.
El cuarto elemento del modelo es la capacidad de mantener una actitud continuada, replicar el ciclo, corregir los errores y construir sobre los aciertos. Esta característica introduce el principio de mejoramiento continuo, probablemente uno de los componentes más importantes para comprender por qué determinadas sociedades mantienen su capacidad transformadora durante largos periodos.
Una innovación aislada puede producir un cambio significativo, pero una sociedad verdaderamente dinámica necesita generar sucesivamente nuevos procesos de aprendizaje. La transformación no debe concebirse como un acontecimiento único, sino como un ciclo recurrente. Después de implementar una solución, aparecen nuevos problemas, nuevas oportunidades y nuevas limitaciones. Los resultados obtenidos proporcionan información que puede utilizarse para iniciar nuevamente el proceso.
El mejoramiento continuo implica, por tanto, que ninguna solución debe considerarse necesariamente definitiva. Incluso cuando una solución funciona adecuadamente, puede existir la posibilidad de mejorarla. Pueden reducirse costos, aumentar la seguridad, mejorar la eficiencia, disminuir el consumo de recursos, incrementar la calidad, ampliar la accesibilidad o adaptarla a nuevas condiciones.
Esta característica permite comprender la diferencia entre una sociedad capaz de innovar ocasionalmente y una sociedad con una cultura permanente de innovación. En el primer caso, la transformación puede depender de circunstancias excepcionales o de individuos extraordinarios. En el segundo, la innovación se incorpora a los procesos cotidianos de las instituciones, empresas, universidades y organizaciones.
El mejoramiento continuo depende de la retroalimentación. Después de ejecutar una solución, es necesario observar sus consecuencias. Si no se mide el resultado, resulta difícil determinar si la solución realmente funcionó. La evaluación permite comparar el resultado obtenido con el resultado esperado. La diferencia entre ambos proporciona información para modificar el proceso.
Por ello, puede representarse conceptualmente el ciclo de la siguiente manera: se identifica una oportunidad, se diseña una solución, se actúa, se observa el resultado, se aprende de la experiencia, se corrigen las deficiencias y se vuelve a iniciar el proceso. Cada ciclo puede producir una solución ligeramente mejor que la anterior. Cuando estos pequeños incrementos se acumulan durante periodos prolongados, pueden producir transformaciones extraordinariamente grandes.
Este principio tiene una profunda importancia histórica. La humanidad no llegó a la tecnología contemporánea mediante una secuencia de saltos completamente independientes. La mayoría de las grandes tecnologías fueron perfeccionadas mediante innumerables modificaciones. El transporte, la navegación, la agricultura, la medicina, la arquitectura, la comunicación y la producción industrial evolucionaron mediante procesos acumulativos.
El mejoramiento continuo también explica por qué el aprendizaje institucional resulta tan importante. Una organización puede aprender de la experiencia de sus miembros solamente cuando desarrolla mecanismos para conservar ese conocimiento. Los procedimientos documentados, las bases de datos, los sistemas de evaluación, la investigación, la capacitación y la transmisión de experiencias permiten que el aprendizaje no desaparezca cuando una persona abandona la organización.
En este sentido, una organización transformadora convierte la experiencia en conocimiento reutilizable. Si cada problema debe resolverse desde cero, se desperdicia una gran cantidad de recursos. Si los errores y aciertos se registran y analizan, cada experiencia puede convertirse en una plataforma para decisiones futuras.
La repetición del ciclo genera además un fenómeno de acumulación. Un primer cambio puede ser relativamente pequeño, pero puede facilitar un segundo cambio, que a su vez facilita un tercero. Se produce así una dinámica acumulativa. La innovación genera nuevas capacidades que permiten producir nuevas innovaciones.
Esta relación explica algunos de los cambios acelerados de la modernidad. Una mejora en las herramientas de cálculo permitió desarrollar investigaciones más complejas; esas investigaciones contribuyeron al desarrollo de nuevas tecnologías; las nuevas tecnologías facilitaron herramientas de cálculo todavía más potentes. Se establece así un proceso de retroalimentación positiva en el que cada avance aumenta parcialmente la capacidad de producir el siguiente.
Los cuatro elementos pueden integrarse entonces en un único modelo conceptual. La identificación de oportunidades inicia el proceso al revelar una posibilidad de cambio. La creatividad y la innovación proporcionan alternativas para producir ese cambio. La acción convierte la alternativa en una realidad concreta. El mejoramiento continuo utiliza la experiencia resultante para perfeccionar la solución y generar nuevas oportunidades.
Esta estructura permite comprender por qué los tres conceptos fundamentales son cambio, acción y mejoramiento continuo.
El cambio representa la ruptura consciente con una situación considerada insuficiente, limitada o susceptible de ser transformada. Es la dimensión cognitiva y conceptual del proceso. Permite reconocer que la realidad no tiene que permanecer necesariamente como está.
La acción representa la dimensión ejecutiva. Es la capacidad de movilizar conocimientos, personas y recursos para modificar efectivamente la realidad. Sin acción, el cambio permanece como posibilidad.
El mejoramiento continuo representa la dimensión evolutiva y acumulativa. Permite aprender de los resultados, corregir errores, consolidar aciertos y generar nuevas transformaciones. Sin mejoramiento continuo, la acción puede producir únicamente modificaciones aisladas y perder su capacidad de generar aprendizaje.
Los tres conceptos forman, por tanto, un sistema. El cambio genera dirección; la acción genera realidad; el mejoramiento continuo genera permanencia y evolución.
Puede afirmarse incluso que cada uno depende de los otros dos. El cambio sin acción produce ideas sin consecuencias materiales. La acción sin cambio produce actividad sin transformación significativa. El cambio y la acción sin mejoramiento continuo producen transformaciones que pueden estancarse. En cambio, cuando los tres elementos interactúan, aparece un proceso dinámico capaz de mantenerse en el tiempo.
La identificación de una oportunidad conduce a una pregunta: ¿qué podría ser diferente?La creatividad conduce a otra: ¿cómo podría conseguirse? La acción plantea una tercera: ¿cómo se llevará a la realidad? El mejoramiento continuo introduce una cuarta: ¿qué hemos aprendido y cómo podemos hacerlo mejor? La repetición de estas preguntas constituye una estructura básica del comportamiento transformador.
Esta lógica puede aplicarse tanto a individuos como a organizaciones y sociedades. En una persona, puede manifestarse como aprendizaje, desarrollo profesional, emprendimiento, investigación o creación artística. En una empresa, puede expresarse mediante innovación de productos, optimización de procesos, investigación y desarrollo, capacitación y evaluación. En una universidad, puede observarse en la investigación científica, la generación de conocimiento y la formación de nuevas generaciones. En un Estado, puede manifestarse mediante reformas institucionales, políticas públicas, infraestructura, educación y desarrollo tecnológico.
La escala cambia, pero la estructura permanece. En todos los casos existe una situación inicial, una percepción de posibilidad, una búsqueda de soluciones, una ejecución y un aprendizaje posterior.
Esto permite comprender también por qué la innovación no debe confundirse con el simple cambio. No todo cambio constituye una innovación y no toda innovación produce necesariamente progreso. Una modificación puede ser accidental, involuntaria o incluso perjudicial. La innovación implica introducir una solución nueva o significativamente mejorada que produzca valor bajo determinadas condiciones. El progreso, por su parte, requiere valorar las consecuencias de esa transformación desde criterios humanos, sociales, económicos, científicos o éticos.
Por ello, la capacidad transformadora debe estar acompañada de evaluación crítica. Una sociedad puede desarrollar tecnologías extraordinariamente poderosas y utilizarlas de manera perjudicial. Puede aumentar su capacidad productiva y, simultáneamente, incrementar la desigualdad o deteriorar el ambiente. Puede mejorar la comunicación y, al mismo tiempo, facilitar la propagación de información falsa. Puede aumentar la capacidad científica y utilizar determinados conocimientos para fines destructivos.
El mejoramiento continuo, entendido correctamente, no consiste únicamente en hacer algo más rápido, barato o eficiente. También implica preguntarse si aquello que se está haciendo continúa siendo deseable, seguro, sostenible y compatible con los objetivos humanos. De esta manera, el mejoramiento adquiere una dimensión tanto técnica como ética.
La historia demuestra que las sociedades más transformadoras suelen ser aquellas capaces de aprender de su propia experiencia. La experiencia proporciona información, pero solamente se convierte en conocimiento cuando es analizada. El análisis permite identificar qué funcionó, qué falló, por qué ocurrió y qué puede modificarse. Este proceso transforma la experiencia pasada en capacidad futura.
Por eso, el principio de mejoramiento continuo puede interpretarse como un mecanismo mediante el cual una sociedad transforma el pasado en un recurso para construir el futuro. Los aciertos proporcionan elementos que pueden conservarse y ampliarse; los errores proporcionan información que permite evitar determinadas trayectorias; y las nuevas condiciones generan oportunidades que requieren respuestas diferentes.
La verdadera importancia del modelo de transformación reside precisamente en su carácter cíclico. No existe un punto final definitivo. Cuando una necesidad se resuelve, aparecen nuevas necesidades. Cuando una tecnología alcanza un determinado nivel de desarrollo, surgen nuevos problemas. Cuando una organización mejora un proceso, descubre nuevas posibilidades de optimización. Cuando una sociedad alcanza un determinado nivel de bienestar, puede plantearse nuevos objetivos.
En consecuencia, la transformación humana puede representarse como un ciclo permanente:
oportunidad → cambio → solución innovadora → acción → resultado → aprendizaje → mejoramiento → nueva oportunidad.
Este ciclo explica por qué la historia no permanece estática. Cada solución modifica parcialmente el entorno en el que aparecerán las siguientes necesidades. La transformación genera nuevas condiciones y esas nuevas condiciones generan nuevas oportunidades. Se produce una dinámica evolutiva en la cual el ser humano transforma su entorno y, simultáneamente, transforma las condiciones en las que él mismo se desarrolla.
Esta perspectiva permite comprender con mayor profundidad las transformaciones realizadas por las culturas mencionadas anteriormente. Fenicia no solamente desarrolló navegación y comercio; creó capacidades que generaron nuevas posibilidades de intercambio. Egipto no solamente construyó monumentos; desarrolló conocimientos, técnicas y formas de organización capaces de responder a necesidades agrícolas, administrativas, religiosas y sociales. Grecia no solamente produjo filósofos; desarrolló formas de pensamiento que modificaron la manera de formular preguntas sobre la naturaleza y la sociedad. Roma no solamente construyó infraestructura; desarrolló sistemas jurídicos y administrativos que permitieron organizar extensos territorios. China, el mundo árabe, las civilizaciones americanas y posteriormente las sociedades industriales reprodujeron, con características propias, procesos semejantes de identificación de necesidades, generación de soluciones, ejecución y perfeccionamiento.
La misma estructura puede observarse en las personas consideradas transformadoras. Su importancia histórica no depende únicamente de poseer una capacidad intelectual excepcional. Muchos de ellos identificaron problemas o posibilidades que otros no habían reconocido, desarrollaron soluciones, actuaron sobre ellas y produjeron consecuencias que fueron posteriormente ampliadas por otras personas. La transformación individual se convierte así en transformación colectiva cuando la sociedad es capaz de adoptar, modificar y transmitir aquello que el individuo ha generado.
El modelo permite comprender finalmente que el desarrollo humano no es simplemente acumulación de bienes materiales o de conocimientos científicos. Es la capacidad de una sociedad para aumentar su habilidad de identificar problemas y oportunidades, generar respuestas, implementarlas y aprender sistemáticamente de sus resultados. Una sociedad desarrollada no es solamente aquella que posee tecnología avanzada, sino aquella que posee capacidades institucionales, educativas, científicas, culturales y sociales para continuar generando soluciones frente a problemas nuevos.
De esta manera, los cuatro hechos comunes pueden sintetizarse conceptualmente en una sola idea: las culturas transformadoras son aquellas capaces de convertir la percepción de una posibilidad en una solución, la solución en acción y la acción en aprendizaje acumulativo.
La identificación de oportunidades expresa el cambio, porque permite reconocer que la realidad puede ser diferente. La creatividad y la innovación proporcionan los medios intelectuales para producir esa diferencia. La decisión de ejecutar expresa la acción, porque convierte la posibilidad en una realidad observable. Finalmente, la repetición del ciclo, la corrección de los errores y la construcción sobre los aciertos expresan el mejoramiento continuo, porque transforman cada experiencia en un recurso para producir mejores resultados en el futuro.
En consecuencia, el modelo de transformación humana no debe entenderse como una secuencia mecánica de cuatro pasos aislados. Es un sistema dinámico de retroalimentación. El cambio genera acción; la acción produce resultados; los resultados generan conocimiento; el conocimiento permite mejorar; el mejoramiento descubre nuevas oportunidades; y las nuevas oportunidades vuelven a iniciar el proceso de cambio.
La profundidad de este modelo reside en que puede aplicarse prácticamente a cualquier ámbito de la actividad humana. Explica la evolución de una tecnología, el desarrollo de una empresa, la construcción de una institución, el avance de una disciplina científica, la transformación de una sociedad o incluso el desarrollo intelectual de una persona. En todos estos casos, la capacidad fundamental consiste en no considerar la realidad como definitiva.
Así, la historia de las culturas transformadoras puede interpretarse como la historia de una capacidad humana recurrente: ver más allá de lo existente, imaginar lo posible, actuar para hacerlo realidad y aprender continuamente de lo ocurrido. El cambio abre el horizonte, la acción modifica el mundo y el mejoramiento continuo convierte cada transformación en el punto de partida de otra.
Por esta razón, los conceptos de cambio, acción y mejoramiento continuo constituyen una síntesis poderosa de los procesos mediante los cuales la humanidad ha generado desarrollo. No representan tres actividades independientes, sino tres dimensiones inseparables de una misma capacidad transformadora. Allí donde existe percepción de oportunidades sin acción, predominan las posibilidades no realizadas; donde existe acción sin reflexión, predominan los esfuerzos que pueden repetirse sin aprendizaje; y donde existe cambio, acción y mejoramiento continuo, aparece la posibilidad de construir procesos sostenidos de innovación, adaptación y desarrollo.
La transformación humana, en última instancia, puede entenderse como un proceso mediante el cual la humanidad convierte continuamente lo que es en lo que puede llegar a ser, utilizando el conocimiento y la creatividad para actuar sobre la realidad y utilizando la experiencia para hacerlo cada vez mejor. Esa dinámica explica la continuidad del desarrollo humano y proporciona una clave para comprender por qué culturas tan diferentes, separadas por miles de kilómetros y por enormes periodos históricos, han podido producir transformaciones de alcance extraordinario.
M.R.E.A.











