El consumidor como participante activo en el marketing
El marketing dejó de ser un proceso predominantemente unilateral, en el que una empresa diseñaba una oferta, emitía mensajes y esperaba que los consumidores respondieran, para convertirse en un sistema de intercambios en el que tanto las organizaciones como los compradores producen, reciben, interpretan, modifican y difunden información con valor económico y social. Tradicionalmente, el marketing se asociaba principalmente con las actividades realizadas por las empresas para identificar necesidades, desarrollar productos, establecer precios, distribuirlos y comunicarlos. El consumidor parecía ocupar una posición relativamente pasiva: recibía estímulos comerciales, evaluaba las alternativas disponibles y finalmente decidía si comprar o no. Sin embargo, esta representación resulta insuficiente para explicar el funcionamiento de los mercados contemporáneos, porque una compra no comienza necesariamente cuando la empresa comunica un mensaje, sino mucho antes, cuando una persona reconoce una necesidad, formula una pregunta, busca información, compara alternativas, consulta opiniones, contacta a una organización y construye una expectativa acerca del producto o servicio que desea adquirir. En todas esas actividades existe una producción y circulación de información que influye en el funcionamiento del mercado. Por eso puede afirmarse que el comprador también participa en el marketing: no solamente responde a las acciones de las empresas, sino que genera señales, contenidos, datos, recomendaciones, preguntas, evaluaciones y comportamientos que modifican la manera en que las empresas y otros consumidores toman decisiones.
Buscar un producto constituye una actividad de marketing porque la búsqueda expresa una necesidad y, al mismo tiempo, dirige la atención del mercado hacia determinadas categorías, marcas, características y soluciones. Cuando una persona introduce una consulta en un buscador, revisa el catálogo de una empresa, explora fotografías de un producto, compara precios, lee las características técnicas o visita diferentes establecimientos, está realizando una actividad de investigación de mercado desde la perspectiva del comprador. La empresa tradicionalmente invertía recursos para conocer qué querían sus clientes; actualmente, una parte considerable de esa información se manifiesta directamente mediante las conductas de búsqueda de los consumidores. Cada consulta contiene una señal acerca de lo que una persona desea conocer, resolver o adquirir. Si muchas personas comienzan a buscar una determinada característica de un producto, por ejemplo, esa conducta puede revelar una modificación en las preferencias del mercado. Si los consumidores abandonan repetidamente una página después de observar determinado precio, también generan una señal económica. Si comparan varias alternativas antes de comprar, proporcionan información indirecta acerca de la importancia que conceden al precio, la calidad, la conveniencia, la reputación o las características funcionales. Por tanto, el consumidor no es únicamente el receptor de información comercial; mediante sus comportamientos produce información que puede modificar las decisiones de las empresas.
La interacción directa con las compañías refuerza todavía más esta participación. Un consumidor que pregunta por la disponibilidad de un producto, solicita una demostración, pide una explicación técnica, presenta una queja, solicita asistencia, propone una mejora o expresa satisfacción está aportando información que puede alterar la relación entre la empresa y su mercado. La comunicación deja de consistir únicamente en una emisión de mensajes comerciales y se convierte en un proceso de retroalimentación. Desde una perspectiva científica de la comunicación, esto significa que el receptor adquiere también capacidad de emisión y que la información circula en ambas direcciones. El consumidor interpreta el mensaje de la organización, pero después puede responder y generar un nuevo contenido que será procesado por la empresa. Esa respuesta puede modificar el producto, el servicio, el precio, la distribución, la comunicación o incluso la estructura completa de la oferta. Una pregunta frecuente puede revelar una deficiencia de información; una reclamación repetida puede revelar un problema operativo; una sugerencia recurrente puede indicar una necesidad que todavía no ha sido atendida; y una valoración positiva puede fortalecer la reputación de una marca. En consecuencia, la interacción del consumidor se convierte en una fuente de conocimiento para la organización.
La compra misma también constituye una actividad de marketing porque representa la culminación observable de un proceso de selección mediante el cual el consumidor asigna recursos y manifiesta una preferencia. Cada transacción proporciona información acerca de qué productos tienen aceptación, qué precios son tolerables, qué canales son utilizados y qué características parecen generar suficiente valor para justificar el intercambio. Pero la importancia de la compra no termina cuando se realiza el pago. Después de adquirir un producto, el consumidor puede utilizarlo, evaluarlo, recomendarlo, criticarlo, compararlo con otros y compartir su experiencia. De esta manera, el comportamiento posterior a la compra puede influir sobre las decisiones de otros consumidores y sobre las decisiones futuras de la propia empresa. El comprador se convierte entonces en una fuente de información para otros participantes del mercado. Su experiencia puede disminuir la incertidumbre de una persona que todavía no ha comprado, modificar la reputación de una organización y alterar la demanda futura. La experiencia individual adquiere así una dimensión colectiva.
Las tecnologías digitales han intensificado extraordinariamente este fenómeno porque han reducido los costos de buscar, producir, transmitir y recibir información. En un entorno tradicional, un consumidor que deseaba conocer la calidad de un producto podía depender principalmente de la información proporcionada por el vendedor, de su experiencia personal o de las recomendaciones de un número limitado de personas cercanas. La circulación de información era relativamente lenta y estaba restringida por la distancia geográfica y por los medios disponibles. En el entorno digital, una persona puede acceder en pocos minutos a información producida por la empresa, por otros compradores, por especialistas, por medios de comunicación y por comunidades de usuarios. Puede comparar múltiples alternativas sin desplazarse físicamente, consultar experiencias de personas desconocidas, observar demostraciones, formular preguntas públicamente y comunicarse directamente con una organización. La consecuencia económica fundamental es que disminuye la asimetría de información entre compradores y vendedores, aunque nunca desaparece por completo. El consumidor adquiere mayor capacidad para investigar y contrastar, mientras que la empresa adquiere mayor capacidad para observar, responder y adaptar sus acciones.
Los sitios web empresariales representan un ejemplo claro de esta transformación. Antes de visitar físicamente un establecimiento o hablar con un vendedor, el consumidor puede examinar información sobre los productos, consultar precios, revisar condiciones de compra, conocer políticas de devolución y resolver determinadas dudas. Esto modifica el papel del vendedor porque una parte de la función informativa que antes dependía de la interacción presencial se desplaza hacia sistemas digitales. Pero, simultáneamente, el consumidor obtiene mayor autonomía para decidir cuándo, dónde y cómo investigar. El proceso comercial ya no está completamente organizado alrededor del horario, el espacio y la iniciativa del vendedor. El comprador puede comenzar su recorrido informativo independientemente de la presencia física de la empresa. Esto explica por qué el marketing contemporáneo debe diseñar no solamente mensajes para atraer personas, sino también sistemas mediante los cuales esas personas puedan encontrar fácilmente información pertinente cuando la necesiten.
Las redes sociales digitales profundizan todavía más la naturaleza interactiva del marketing porque permiten que los consumidores se comuniquen no sólo con las empresas, sino también entre ellos. Una persona puede publicar una experiencia, formular una pregunta y recibir respuestas de cientos o miles de usuarios. Puede recomendar un producto sin haber sido contratada por la empresa, advertir sobre un problema, comparar dos marcas o producir contenido que posteriormente sea consultado por otros consumidores. En este contexto, la comunicación comercial deja de encontrarse completamente bajo el control de la organización. Una empresa puede crear una campaña con determinada intención, pero los consumidores pueden reinterpretarla, comentarla, compartirla, criticarla o transformarla. El significado comercial de una marca se convierte parcialmente en un fenómeno social construido mediante múltiples interacciones. La reputación deja de ser únicamente aquello que la empresa afirma sobre sí misma y pasa a depender también de aquello que otros participantes del mercado dicen y hacen respecto de ella.
Los teléfonos celulares han reforzado este proceso porque han incorporado la búsqueda, la comunicación y la compra al entorno cotidiano del consumidor. El comprador puede consultar información mientras se encuentra frente al producto, comparar inmediatamente su precio con el de otras alternativas, leer evaluaciones, localizar establecimientos, comunicarse con una empresa, efectuar una transacción y compartir posteriormente su experiencia. La frontera entre el espacio físico y el espacio digital se vuelve mucho más permeable. Una persona que observa un producto en una tienda puede utilizar inmediatamente un dispositivo móvil para investigar si existe una alternativa diferente. Del mismo modo, alguien que descubre un producto en un medio digital puede desplazarse posteriormente a un establecimiento físico para examinarlo. Esto genera un comportamiento de compra más complejo, en el cual diferentes canales se encuentran integrados dentro de una misma trayectoria de decisión.
La expresión “marketing interactivo” adquiere sentido precisamente por esta modificación de la dirección del intercambio. En un modelo tradicional, la empresa podía intentar controlar cuidadosamente qué información recibía el consumidor, cuándo la recibía y mediante qué canal. En un modelo interactivo, el consumidor posee una capacidad mucho mayor para seleccionar qué información desea recibir, cuándo desea buscarla y de quién quiere obtenerla. La organización ya no controla completamente el recorrido del comprador. Puede facilitarlo, obstaculizarlo, influir en él y responder a sus acciones, pero no determinarlo de manera absoluta. El poder relativo del consumidor aumenta porque dispone de más alternativas informativas y porque puede hacer visible su experiencia ante otras personas. Al mismo tiempo, la empresa obtiene nuevas posibilidades de conocimiento, personalización y respuesta. Por eso la digitalización no simplemente agrega nuevos medios al marketing tradicional; modifica la estructura de la relación entre las partes.
Esta transformación explica la diferencia entre administrar las relaciones con el cliente y administrar las relaciones gestionadas por el cliente. La primera expresión se refiere a los esfuerzos de la organización para desarrollar, mantener y fortalecer vínculos con sus compradores. La empresa intenta conocer sus necesidades, proporcionar valor, ofrecer un servicio adecuado, resolver problemas y aumentar la satisfacción y la permanencia del cliente. Pero la segunda dimensión reconoce que el consumidor también administra una parte importante de la relación. El comprador decide cuándo iniciar el contacto, qué canal utilizar, qué información compartir, qué preguntas formular, qué nivel de interacción desea mantener y con qué otras personas desea relacionarse. Incluso puede decidir ignorar la comunicación de una empresa, bloquearla, abandonar un canal, cambiar de proveedor o expresar públicamente una experiencia negativa. Por ello, administrar la relación ya no significa simplemente diseñar un recorrido que el consumidor deba seguir; significa construir condiciones suficientemente valiosas y accesibles para que el consumidor quiera participar en ese recorrido.
La diferencia es importante porque el poder de la empresa no desaparece, pero se vuelve más distribuido. Las organizaciones continúan controlando recursos fundamentales: diseñan productos, administran capacidades productivas, determinan políticas comerciales, desarrollan marcas y controlan determinados canales de distribución. Sin embargo, ya no poseen el mismo monopolio sobre la información que históricamente podía caracterizar algunas relaciones comerciales. El consumidor puede obtener información de múltiples fuentes y contrastarla antes de tomar una decisión. Además, puede producir nueva información que otros utilizarán. Por esta razón, la gestión del marketing contemporáneo requiere comprender el comportamiento del consumidor no solamente como una respuesta a estímulos empresariales, sino como una actividad autónoma capaz de modificar el propio sistema de mercado.
La pregunta tradicional “¿de qué manera podemos llegar a nuestros clientes?” supone que el principal problema consiste en llevar el mensaje de la empresa hasta el consumidor. Esa pregunta sigue siendo relevante, pero resulta insuficiente. El consumidor actual puede evitar ciertos mensajes, ignorarlos o considerarlos irrelevantes, mientras que al mismo tiempo puede buscar activamente información sobre una empresa cuando tiene una necesidad concreta. Por eso aparece una segunda pregunta: “¿de qué manera deben acercarse ellos a nosotros?”. Esta formulación desplaza la atención desde la simple emisión de mensajes hacia la creación de condiciones de accesibilidad. La empresa debe preguntarse si su información puede encontrarse fácilmente, si responde a las preguntas reales de los consumidores, si sus canales son funcionales, si la experiencia de contacto es coherente y si el consumidor puede obtener ayuda cuando la necesita. En otras palabras, el marketing deja de preocuparse exclusivamente por interrumpir la atención del consumidor y comienza a preocuparse también por estar disponible cuando el consumidor decide prestar atención.
Este cambio tiene profundas consecuencias para el diseño de la comunicación. Una organización puede producir un mensaje técnicamente correcto, pero si el consumidor no puede encontrarlo cuando realiza una búsqueda, su eficacia será limitada. Del mismo modo, una empresa puede tener una excelente campaña publicitaria, pero si la información disponible después de despertar el interés es confusa, contradictoria o insuficiente, la interacción puede fracasar. El marketing, por tanto, debe considerar toda la trayectoria informativa del comprador: reconocimiento de la necesidad, búsqueda, evaluación, contacto, compra, utilización, evaluación posterior y comunicación de la experiencia. Cada fase puede generar información que influye sobre las fases siguientes. El consumidor no avanza necesariamente de manera lineal; puede regresar, comparar nuevamente, consultar a otras personas y modificar su decisión varias veces.
La tercera pregunta, “¿de qué manera nuestros clientes pueden ponerse en contacto entre sí?”, representa una transformación todavía más profunda. Reconoce que el mercado no está formado exclusivamente por empresas que ofrecen y consumidores que compran, sino también por redes de consumidores que intercambian conocimiento y experiencias. Cuando los compradores se comunican entre ellos, generan una estructura social de influencia que puede complementar, reforzar o contradecir la comunicación empresarial. Una recomendación procedente de otro consumidor puede tener una credibilidad diferente de la publicidad porque se percibe como una experiencia independiente del interés comercial directo de la empresa. Del mismo modo, una crítica puede propagarse y modificar las percepciones de numerosas personas. La empresa debe comprender estas redes no necesariamente como algo que deba controlar por completo, sino como un componente del entorno en el que se construye el valor percibido.
Esto conduce a una concepción del consumidor como participante activo en la creación de valor. El valor de un producto no se encuentra exclusivamente contenido en sus características físicas o en las acciones de la empresa. También emerge de la manera en que el consumidor utiliza el producto, interpreta sus beneficios, lo integra en sus actividades, lo compara con alternativas y comparte su experiencia. Dos personas pueden adquirir exactamente el mismo producto y obtener valores percibidos diferentes debido a sus necesidades, conocimientos, contextos y expectativas. El consumidor participa, por tanto, en la realización efectiva del valor. Desde esta perspectiva, el marketing no consiste solamente en “entregar” valor terminado, sino en facilitar procesos mediante los cuales la empresa y los consumidores contribuyen conjuntamente a producirlo y evaluarlo.
La interactividad también transforma la investigación de mercados. Antes, las empresas necesitaban recurrir principalmente a métodos estructurados, como encuestas, entrevistas u observaciones, para conocer las preferencias de los consumidores. Esos métodos continúan siendo importantes, pero las tecnologías digitales permiten observar otras manifestaciones espontáneas del comportamiento: búsquedas, consultas, reseñas, comentarios, interacciones, abandonos, comparaciones y patrones de navegación. Estos datos pueden revelar necesidades que los consumidores ni siquiera expresarían directamente en una encuesta. Sin embargo, su interpretación exige rigor científico, porque una conducta observable no siempre permite conocer con certeza la motivación que la produjo. Buscar un producto no implica necesariamente intención inmediata de compra; consultar una opinión no significa que el consumidor la considere verdadera; y expresar satisfacción no garantiza una futura recompra. La capacidad tecnológica para recopilar datos aumenta, pero también aumenta la necesidad de interpretarlos correctamente.
La participación del consumidor tiene asimismo una dimensión temporal. En el modelo tradicional, gran parte de la atención del marketing se concentraba en el momento anterior a la compra, porque allí se encontraba la oportunidad inmediata de persuadir. En el entorno interactivo, todas las etapas pueden convertirse en momentos de comunicación. Antes de comprar, el consumidor investiga. Durante la compra, pregunta o compara. Después de comprar, evalúa. Durante el uso, puede solicitar asistencia. Después de utilizar el producto, puede recomendarlo o criticarlo. La relación comercial adquiere así continuidad. La empresa no compite únicamente por conseguir una transacción, sino también por construir una experiencia suficientemente satisfactoria para que el consumidor continúe participando positivamente en el sistema de relaciones.
Por eso los gerentes de marketing actuales necesitan desarrollar una capacidad de escucha además de una capacidad de comunicación. Escuchar significa identificar las preguntas que realizan los consumidores, comprender las dificultades que experimentan, detectar cambios en sus preferencias y reconocer las conversaciones que ocurren fuera de los canales controlados directamente por la empresa. Comunicar significa proporcionar información clara, pertinente y persuasiva. Una organización eficaz necesita ambas capacidades porque una comunicación sin escucha puede producir mensajes desconectados de las necesidades reales, mientras que una escucha sin capacidad de respuesta puede generar frustración. La verdadera interactividad aparece cuando la información procedente del consumidor produce alguna forma de aprendizaje o adaptación organizacional.
Decir que los compradores también realizan marketing no significa afirmar que desempeñen exactamente las mismas funciones que los profesionales del marketing. Un consumidor no necesariamente diseña estrategias de posicionamiento, administra presupuestos de comunicación o establece políticas de distribución. La idea es más amplia: mediante sus comportamientos, decisiones, comunicaciones y relaciones con otros consumidores, participa en procesos que tradicionalmente se consideraban propios del marketing. Busca información, evalúa propuestas, genera contenido, influye sobre la reputación, recomienda productos, comunica necesidades, proporciona retroalimentación y contribuye a determinar qué ofertas obtienen aceptación. El marketing se convierte así en una actividad distribuida entre múltiples participantes.
La consecuencia fundamental es que el mercado contemporáneo debe entenderse como un sistema dinámico de intercambio de valor e información. Las empresas influyen sobre los consumidores, pero los consumidores también influyen sobre las empresas; además, los consumidores influyen entre sí. Las tecnologías digitales han acelerado y ampliado estas relaciones al hacer que la información pueda producirse, modificarse y circular con gran rapidez. En este sistema, una empresa que sólo piensa en cómo enviar mensajes a sus clientes comprende una parte del fenómeno, mientras que una empresa que también piensa en cómo facilitar que los clientes la encuentren, cómo responder a sus iniciativas y cómo favorecer interacciones útiles entre consumidores comprende una estructura de mercado mucho más compleja.
La transformación consiste en pasar de una concepción del marketing basada principalmente en la persuasión a una concepción basada en la interacción, la información, la participación y la creación conjunta de valor. El consumidor contemporáneo no espera necesariamente a que una empresa le diga qué comprar, cuándo comprarlo y por qué comprarlo. Puede iniciar por sí mismo una investigación, seleccionar las fuentes que considera confiables, comparar alternativas, comunicarse con las organizaciones, consultar a otros consumidores y compartir posteriormente su propia experiencia. La empresa continúa siendo un actor central, pero deja de ser el único agente capaz de producir y distribuir significado comercial. Por eso las tres preguntas planteadas representan una evolución lógica: primero, cómo puede la empresa llegar al consumidor; después, cómo puede hacer posible que el consumidor llegue a ella; y finalmente, cómo puede facilitar que los consumidores se encuentren, intercambien información y participen en la construcción colectiva de valor. El marketing contemporáneo es interactivo precisamente porque la dirección de la comunicación y de la influencia ya no es única: circula entre empresas y consumidores y, cada vez con mayor intensidad, entre los propios consumidores.
M.R.E.A.











