Métodos para el establecimiento de metas
El establecimiento de metas constituye uno de los pilares fundamentales de la teoría y la práctica administrativa, debido a que orienta de manera sistemática el comportamiento organizacional y la toma de decisiones en todos los niveles jerárquicos. Desde una perspectiva científica, las metas funcionan como constructos reguladores que permiten reducir la incertidumbre, coordinar esfuerzos colectivos y proporcionar criterios objetivos para la evaluación del desempeño. En ausencia de metas claramente definidas, las organizaciones tienden a operar de forma reactiva, fragmentada y carente de coherencia estratégica.
Las metas no solo señalan los resultados deseados, sino que también influyen directamente en la selección de estrategias, la asignación de recursos, el diseño de procesos y la evaluación de los resultados obtenidos. En este sentido, toda actividad administrativa, ya sea de planeación, organización, dirección o control, se encuentra intrínsecamente vinculada al sistema de metas de la organización. Por ello, los métodos utilizados para establecerlas adquieren una relevancia crítica, ya que determinan el grado de alineación entre los objetivos organizacionales y las acciones cotidianas de sus miembros.
Función directiva y evaluativa de las metas organizacionales
Desde el punto de vista teórico, las metas cumplen una doble función esencial. En primer lugar, actúan como mecanismos de dirección, ya que proporcionan un marco de referencia que guía las decisiones y conductas individuales y colectivas. Los miembros de la organización orientan sus esfuerzos en función de aquello que se espera lograr, lo que incrementa la probabilidad de que las acciones sean coherentes con los intereses estratégicos de la institución.
En segundo lugar, las metas operan como criterios de evaluación del desempeño. Al definir con anticipación los resultados esperados, es posible comparar los logros alcanzados con los estándares establecidos, identificar desviaciones y aplicar medidas correctivas. Esta función evaluativa resulta indispensable para el control administrativo y para los procesos de aprendizaje organizacional, ya que permite retroalimentar el sistema y mejorar la eficacia futura.
Enfoques para el establecimiento de metas organizacionales
Las metas pueden establecerse mediante distintos enfoques metodológicos, entre los cuales destacan el proceso tradicional de establecimiento de metas y el modelo de administración por objetivos. Ambos métodos buscan orientar el desempeño organizacional, pero difieren sustancialmente en sus supuestos teóricos, en la forma en que se definen los objetivos y en el grado de participación de los distintos niveles jerárquicos.
Características del establecimiento tradicional de metas
El enfoque tradicional se caracteriza por un proceso descendente, en el cual la alta dirección define los objetivos generales y los transmite progresivamente a los niveles inferiores. Este método se sustenta en una concepción jerárquica de la organización y en la idea de que los directivos de alto nivel poseen una visión global que les permite determinar con mayor precisión el rumbo estratégico.
Los objetivos se originan en la cúspide de la estructura organizacional. Los gerentes de alto nivel formulan metas estratégicas amplias que reflejan la misión, la visión y las prioridades generales de la organización. Estas metas se comunican hacia abajo a lo largo de la jerarquía, transformándose gradualmente en submetas específicas para cada unidad, departamento, equipo o individuo.
Este proceso parte del supuesto de que los altos ejecutivos cuentan con la información, la experiencia y la perspectiva necesarias para identificar lo que resulta más conveniente para la organización en su conjunto. Al tener acceso al denominado panorama general, se considera que están en mejores condiciones para definir los fines últimos que deben guiar el comportamiento organizacional.
A medida que las metas se difunden hacia los niveles inferiores, cada nivel jerárquico asume la responsabilidad de traducir los objetivos generales en metas operativas más concretas, adaptadas a las funciones y responsabilidades de su área. De este modo, las actividades individuales de los empleados quedan formalmente alineadas con las metas estratégicas definidas por la alta dirección.
A pesar de su aparente racionalidad, el establecimiento tradicional de metas presenta una serie de limitaciones desde el punto de vista organizacional y psicológico. Una de las principales dificultades radica en la complejidad que implica convertir metas estratégicas generales en objetivos específicos, medibles y operativos. Este proceso de traducción puede resultar frustrante, ya que exige interpretar conceptos amplios y abstractos en términos de acciones concretas y resultados cuantificables.
Además, cuando los directivos de alto nivel formulan metas de manera ambigua, utilizando expresiones generales como incrementar la rentabilidad o fortalecer la posición en el mercado, se genera la necesidad de especificar progresivamente esos objetivos en los niveles inferiores. Cada gerente, al realizar esta tarea de especificación, introduce inevitablemente sus propias interpretaciones, supuestos y sesgos cognitivos.
Como consecuencia, la claridad original de las metas tiende a diluirse a medida que estas se transmiten a lo largo de la jerarquía. En lugar de una alineación perfecta, puede producirse una fragmentación de objetivos, en la cual las metas de los niveles inferiores dejan de reflejar con precisión las intenciones estratégicas iniciales. Este fenómeno puede dar lugar a inconsistencias, conflictos de prioridades y esfuerzos mal dirigidos.
Desde una perspectiva teórica ideal, el establecimiento tradicional de metas debería dar lugar a una jerarquía claramente definida de objetivos, conformando una red integrada conocida como cadena de medios y fines. En este modelo, las metas de nivel superior representan los fines últimos de la organización, mientras que las metas de nivel inferior funcionan como los medios necesarios para alcanzarlos.
En este esquema, el logro de las metas en los niveles operativos se convierte en el medio para cumplir los objetivos de los niveles intermedios, y estos, a su vez, actúan como medios para alcanzar las metas estratégicas de la alta dirección. De esta forma, cada nivel contribuye de manera coherente y articulada al logro de los fines organizacionales.
Cuando esta cadena de medios y fines se encuentra claramente definida y adecuadamente comunicada, el establecimiento tradicional de metas puede facilitar la coordinación, la coherencia estratégica y la eficiencia organizacional. Sin embargo, para que este modelo funcione de manera efectiva, es indispensable que las metas sean claras, consistentes y comprendidas de forma uniforme en todos los niveles de la organización.
Administración por objetivos
La administración por objetivos representa un enfoque sistemático y participativo para el establecimiento y gestión de las metas organizacionales, que surge como respuesta a las limitaciones del modelo tradicional jerárquico. Desde una perspectiva científica, este método se fundamenta en teorías motivacionales, conductuales y de sistemas, las cuales sostienen que los individuos muestran un mayor compromiso, esfuerzo y persistencia cuando participan activamente en la definición de los objetivos que orientan su desempeño.
A diferencia del establecimiento tradicional de metas, la administración por objetivos no concibe a los empleados como meros ejecutores de decisiones tomadas en los niveles superiores, sino como agentes activos del proceso administrativo. Este modelo entiende a la organización como un sistema social complejo, en el que la coordinación eficaz depende no solo de la autoridad formal, sino también del consenso, la comunicación bidireccional y la alineación entre los intereses individuales y organizacionales.
La administración por objetivos puede definirse como un proceso integral mediante el cual gerentes y empleados acuerdan de manera conjunta las metas a alcanzar, establecen criterios claros para medir el desempeño y utilizan los resultados obtenidos como base para la evaluación, la retroalimentación y las recompensas. Este enfoque se apoya en el supuesto de que las metas claras y aceptadas voluntariamente influyen de forma directa en la conducta laboral, incrementando la motivación intrínseca y la orientación hacia los resultados.
Desde el punto de vista psicológico, la administración por objetivos se relaciona estrechamente con la teoría del establecimiento de metas, la cual sostiene que las metas específicas y desafiantes, cuando son aceptadas por los individuos, conducen a un desempeño superior. Asimismo, incorpora elementos de la teoría de la autodeterminación, al fomentar la participación y el sentido de autonomía, y de la teoría del refuerzo, al vincular el logro de objetivos con recompensas basadas en el desempeño.
Los programas de administración por objetivos se estructuran alrededor de cuatro elementos fundamentales que garantizan su eficacia. El primero es la especificidad de las metas, ya que los objetivos deben formularse de manera clara, concreta y verificable. La precisión en la definición de las metas reduce la ambigüedad, facilita la comprensión de las expectativas y permite una evaluación objetiva de los resultados.
El segundo elemento es la toma de decisiones participativa. En este contexto, los empleados intervienen activamente en el proceso de establecimiento de objetivos, lo que incrementa su compromiso psicológico con las metas acordadas. La participación favorece la aceptación de los objetivos y fortalece la percepción de equidad y legitimidad del sistema administrativo.
El tercer elemento corresponde a la vigencia temporal explícita de las metas. Cada objetivo debe estar asociado a un horizonte temporal claramente definido, lo que permite estructurar el esfuerzo, priorizar actividades y evaluar el progreso de manera periódica. La delimitación temporal contribuye a transformar los objetivos abstractos en compromisos concretos.
Finalmente, la retroalimentación con base en el desempeño constituye un componente central de la administración por objetivos. El seguimiento sistemático del avance hacia las metas proporciona información relevante tanto a los empleados como a los gerentes, permitiendo realizar ajustes oportunos, reforzar conductas eficaces y corregir desviaciones antes de que se conviertan en problemas estructurales.
Uno de los aspectos más distintivos de la administración por objetivos es su capacidad para actuar simultáneamente como un mecanismo de control y como una herramienta de motivación. En lugar de utilizar las metas únicamente para verificar si los empleados cumplen con lo que se espera de ellos, este enfoque las emplea como estímulos que orientan el esfuerzo y fortalecen el compromiso.
El atractivo principal de la administración por objetivos radica en que los empleados tienden a esforzarse más intensamente por alcanzar metas que han contribuido a definir. Al participar en el proceso, desarrollan un mayor sentido de responsabilidad y propiedad sobre los resultados, lo que incrementa la persistencia ante las dificultades y mejora la calidad del desempeño.
Desde una perspectiva organizacional, este efecto motivacional se traduce en niveles más altos de productividad, mayor alineación entre las metas individuales y las metas organizacionales, y un clima laboral más favorable, caracterizado por la confianza y la cooperación.
Diversas investigaciones en el ámbito de la administración y la psicología organizacional han demostrado que la administración por objetivos puede generar mejoras significativas en el desempeño individual y en la productividad organizacional. Cuando se implementa de manera adecuada, este enfoque contribuye a clarificar expectativas, optimizar el uso de los recursos y fortalecer los procesos de evaluación y control.
No obstante, la evidencia también sugiere que la eficacia de la administración por objetivos depende de la calidad de su implementación. Si se reduce exclusivamente a un procedimiento formal para establecer metas, sin una participación genuina o sin un sistema efectivo de retroalimentación, sus beneficios pueden verse considerablemente limitados. Aun así, incluso considerada únicamente como una técnica de establecimiento de metas, la administración por objetivos puede constituir un poderoso instrumento motivacional.
Etapas del proceso de administración por objetivos
- Primer paso: la formulación de los objetivos y las estrategias generales de la organización es indispensable porque establece el marco conceptual y operativo que orienta todas las decisiones posteriores. Desde una perspectiva científica, las organizaciones son sistemas abiertos que interactúan con su entorno, por lo que requieren definir con claridad su propósito, su dirección y los medios generales para alcanzarlos. Sin objetivos estratégicos claramente formulados, la organización carecería de un eje rector, lo que generaría dispersión de esfuerzos, uso ineficiente de recursos y pérdida de coherencia entre las acciones individuales y el propósito institucional.
- Segundo paso: la asignación de los principales objetivos a las unidades divisionales y departamentales responde a la necesidad de descomponer metas complejas en componentes manejables. Este proceso se apoya en el principio de especialización funcional, el cual sostiene que las unidades organizacionales existen para cumplir funciones específicas. Al traducir los objetivos generales en metas divisionales, se facilita la coordinación, se clarifican responsabilidades y se asegura que cada área contribuya de manera concreta y medible al logro de los resultados globales.
- Tercer paso: en el que los gerentes establecen objetivos específicos en colaboración con sus gerentes de unidades, es crucial porque integra la visión estratégica con el conocimiento operativo. Desde el enfoque científico de la administración participativa, esta colaboración incrementa la calidad de los objetivos, ya que combina información estratégica con experiencia técnica y contextual. Además, la participación de los gerentes intermedios fortalece el compromiso, reduce la resistencia al cambio y mejora la comunicación vertical dentro de la organización.
- Cuarto paso: la colaboración de todos los miembros de cada departamento en el establecimiento de objetivos específicos cumple una función motivacional y cognitiva esencial. La psicología organizacional demuestra que las personas se comprometen más con metas que han contribuido a definir. Este proceso favorece la comprensión profunda de los objetivos, promueve la autorregulación del desempeño y alinea las metas individuales con las colectivas, transformando los objetivos organizacionales en propósitos compartidos.
- Quinto paso: en el que se especifican los planes de acción y estos son aceptados por gerentes y empleados, es fundamental porque los objetivos, por sí solos, no garantizan resultados. Los planes de acción traducen las metas abstractas en conductas concretas, secuencias de actividades, asignación de recursos y plazos definidos. Desde una perspectiva científica, este paso reduce la incertidumbre, incrementa la previsibilidad del desempeño y asegura que exista consenso sobre el cómo, no solo sobre el qué, fortaleciendo la coordinación y la responsabilidad compartida.
- Sexto paso: la implementación de los planes de acción, representa la fase de ejecución del sistema. En términos sistémicos, es el momento en que las decisiones se transforman en comportamientos observables. Sin esta etapa, el proceso quedaría limitado al plano conceptual. La implementación permite poner a prueba la viabilidad de los planes, activar los recursos humanos y materiales, y generar datos reales sobre el funcionamiento de la organización en relación con los objetivos planteados.
- Séptimo paso: la revisión periódica del progreso y la provisión de retroalimentación, es esencial desde el punto de vista del control y el aprendizaje organizacional. La ciencia administrativa reconoce que ningún plan es perfecto ni inmune a cambios del entorno. La retroalimentación permite detectar desviaciones, corregir errores, reforzar conductas eficaces y ajustar estrategias. Además, cumple una función pedagógica, ya que facilita el aprendizaje continuo y mejora el desempeño futuro tanto individual como colectivo.
- Octavo paso: el refuerzo del logro exitoso mediante recompensas basadas en el desempeño, se sustenta en principios científicos de la motivación. Las teorías conductuales y cognitivas coinciden en que el reconocimiento contingente al logro fortalece la probabilidad de repetir conductas deseadas. Las recompensas no solo validan el esfuerzo realizado, sino que también envían señales claras sobre lo que la organización valora, consolidando una cultura orientada a resultados, responsabilidad y mejora continua.
M.R.E.A.



